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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Ad Astra: cuando el viaje a los confines del sistema solar es, en realidad, una búsqueda del padre perdido

La película de James Gray con Brad Pitt como protagonista combina ciencia ficción y drama psicológico, y convierte a la Luna y a Marte en escalas de un periplo íntimo donde un astronauta debe resolver la ausencia que lo marcó desde chico.

Por Agustina QuirogaVitivinicultura y campo · · hace 1 h
Ad Astra: cuando el viaje a los confines del sistema solar es, en realidad, una búsqueda del padre perdido

Lejos de los brillos habituales del género, Ad Astra (2019) propone algo menos festivo y más incómodo: una aventura espacial que se mide por los latidos del protagonista y por la sombra de un padre que se fue sin despedirse. La película dirigida por James Gray y protagonizada por Brad Pitt convierte a la Luna y a Marte en paradas de un recorrido que, en el fondo, es una excusa para revisitar los recuerdos de un hijo que creció admirando a un hombre ausente.

Roy McBride es ese hijo. Astrónauta de manual, con un pulso tan bajo que sus supervisores lo toman como referencia de estabilidad emocional, McBride carga con un dato que define toda la película: su padre desapareció hace décadas, en una expedición que buscaba vida inteligente más allá de los límites conocidos del sistema solar. Esa ausencia, jamás elaborada en público, funciona como el motor silencioso de un personaje que controla todo menos sus propias preguntas.

De la Luna a los confines del sistema solar, con la familia como equipaje

La nueva misión que le encargan a Roy no es técnica ni gloriosa: es personal. Debe ir a buscar a su padre, o al menos a determinar qué pasó con él y con la expedición que comandaba. A medida que el viaje avanza, la película corre el eje desde la hazaña espacial hacia la revisión íntima: la admiración infantil se mezcla con el enojo, y la distancia entre un hijo y un héroe empieza a achicarse en sentido inverso al que crece la distancia física con la Tierra.

La contención de Brad Pitt como Roy no es un capricho estético. Gray le pide un personaje que mide sus palabras, que dosifica sus emociones y que, en definitiva, se parece bastante al tipo de astronauta que uno imagina en una misión larga. Esa austeridad hace que cada gesto cuente: una mirada, un silencio, un amague de sonrisa. La aventura de ciencia ficción queda así subordinada a un drama que se construye con tiempos lentos y con una incomodidad deliberada.

  • El viaje recorre la Luna, Marte y los confines del sistema solar como escalas de una búsqueda personal, no como destinos turísticos del género.
  • La fotografía de Hoyte van Hoytema trabaja la inmensidad del espacio para subrayar el aislamiento de Roy, no para los efectos especiales.
  • El ritmo de la película combina persecuciones y momentos de suspenso con pausas largas, algo inhabitual en blockbusters espaciales.
  • La relación con el padre funciona como hilo conductor: cada decisión de Roy se lee a la luz de lo que su progenitor para él.

La pregunta que la película deja picando no es trivial ni decorativa, y se la hace el propio material cuando se pregunta qué buscan los espectadores en una película espacial. ¿La exploración del universo, con sus planetas, sus naves y su vastedad? ¿O las historias de sus personajes, con sus duelos silenciosos y sus cuentas pendientes? Ad Astra apuesta por lo segundo y, en el camino, recuerda que detrás de cada astronauta heroico suele haber un hijo que todavía espera una respuesta.

Para los lectores de 40 a 60 años, la película puede resonar especialmente: la figura del padre admirado, la distancia construida por la rutina y la dificultad de decir ciertas cosas en voz alta no son temas exclusivos de la ciencia ficción, sino preocupaciones que aparecen cuando los años empiezan a poner las cosas en su lugar. Gray lo sabe, y por eso su viaje interplanetario termina siendo, ante todo, un viaje de vuelta a la propia historia.

AQ
Agustina QuirogaVitivinicultura y campo

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