Argentinos que todavía no saben manejar un peso ya eligen dónde invertirlo en Wall Street
Una brecha enorme separa a los jóvenes que llegan al mercado de capitales antes de los 18 y a los que ni siquiera cierran un presupuesto. Plataformas reportan unas nueve mil cuentas de menores abiertas desde 2024, mientras cuatro de cada diez no saben qué es ahorrar.
El mapa de la juventud financiera argentina se mueve entre dos extremos que difícilmente convivan en el mismo país. Por un lado, dos plataformas de inversión acumulan alrededor de nueve mil cuentas abiertas por menores de edad bajo la normativa de la Comisión Nacional de Valores, con un promedio de edad que ronda los dieciséis años y una marcada preferencia por los papeles que replican al índice S&P 500 y por las tecnológicas más conocidas del Nasdaq. Por el otro, cuatro de cada diez jóvenes argentinos no conocen conceptos básicos como presupuesto, ahorro o crédito, según datos de Junior Achievement Argentina, y los nacidos entre 1995 y 2009 muestran apenas un 68,8 por ciento de cumplimiento en el pago de sus deudas, lo que implica que más de un treinta por ciento no cancela en tiempo y forma. La foto completa habla de una generación que convive con el celular en la mano y abre una cuenta brokerage antes que una libreta de ahorro, pero que al mismo tiempo olvida pagar deudas chicas que terminan manchando su historial crediticio.
El dato surge de un análisis de Equifax que advierte que los incumplimientos juveniles casi nunca responden a compromisos grandes, sino a montos pequeños, olvidados o postergados, que igual terminan apareciendo en los registros y condicionando el acceso al crédito cuando llegan a los dieciocho. La advertencia es doble: no se trata de plata que falte en la cuenta, sino de plata que se pierde por desorganización, desconocimiento del funcionamiento del sistema financiero y nula educación financiera en el colegio y en la casa. En un país donde los más chicos ya sueñan con invertir en Nvidia o MercadoLibre, todavía hay familias enteras que no llevan registro de lo que gastan ni saben cuánto entra cada mes.
Sobre ese piso endeble, la Comisión Nacional de Valores habilitó desde 2024 que los agentes del mercado abrieran subcuentas para menores de entre trece y diecisiete años, siempre con la firma de un representante legal. A los dieciocho, la titularidad pasa automáticamente al joven y la cuenta queda en sus manos, sin más trámites. La normativa permite invertir en bonos, acciones, cedears, ETF y fondos comunes de inversión, lo que en los papeles abre una ventana enorme de acceso temprano al mercado de capitales. En la práctica, dos operadoras que apostaron por este segmento reportan cerca de nueve mil cuentas combinadas: en una de ellas, el sesenta y siete por ciento de las cuentas sigue activo, mientras que en la otra uno de cada dos menores realizó operaciones en el último trimestre. El común denominador es el mismo: pibes y pibas que, sin todavía haber terminado la secundaria, ya mueven plata en Wall Street desde Buenos Aires, La Plata, Rosario o cualquier pueblo del interior.
Cedears, Big Tech y la pulseada por el bolsillo chico
El instrumento más elegido entre los menores no es una criptomoneda volátil ni una apuesta especulativa, sino los cedears, los certificados que desde el mercado local permiten comprar acciones de empresas extranjeras sin abrir una cuenta en el exterior. El favorito, según ambas plataformas, es el ETF que replica al S&P 500, identificado en el mercado como SPY, seguido por las tecnológicas Amazon, Apple, Nvidia, Google, Microsoft y MercadoLibre, que aparecen mencionadas una y otra vez en los ranking de cuentas juveniles. Detrás, en el plano local, se acomodan YPF, Pampa Energía y BYMA, tres nombres conocidos del panel de la bolsa porteña que funcionan como puerta de entrada al mercado argentino sin necesidad de analizar demasiado.
“El hecho de que su inversión principal sea el SPY nos indica que no están buscando la ganancia mágica, sino que entienden el concepto de diversificación y apuestan al ahorro de mediano y largo plazo.”Lorena Malatesta, vicepresidenta de Marketing en IOL Inversiones
La lectura de las propias plataformas es optimista y se sostiene con argumentos atendibles. Si la mayoría de los menores opta por un fondo indexado al S&P 500 antes que por acciones individuales de alto riesgo, algo se está enseñando bien, sea por las academias de las propias brokers, sea por el boca a boca en Tik Tok y YouTube. La otra cara de la moneda, sin embargo, también merece atención: en las últimas semanas las recomendaciones de influencers financieros para menores de edad se multiplicaron sin ningún tipo de control por parte del organismo regulador, y la CNV solamente puede sancionar a los agentes habilitados, no a los creadores de contenido que suben videos a las redes sugiriendo activos puntuales sin advertir sobre el riesgo. Mientras los pibes compran SPY con el consentimiento de sus padres, hay videos virales que les ofrecen criptoactivos y memecoins con el mismo tono con el que se vende un alfajor.
El contraste lo sintetiza Paula Spitaleri, de Balanz Academy, cuando advierte que el objetivo de estas cuentas es que los jóvenes lleguen a la edad del crédito con herramientas para decidir y no empujados por el impulso: el desafío, afirma, es que cuando lleguen a la edad de acceder al crédito ya tengan incorporados los conceptos básicos y no dependan sólo de la intuición o de lo que les recomendó un famoso en una red social. La definición es honesta y por eso mismo incómoda, porque describe un horizonte que todavía parece lejano: cómo confiar en que un joven que desde los catorce años compra ETF del S&P 500 va a entender mejor el sistema financiero, si a su alrededor sigue sin haber una política pública sistemática de educación financiera escolar y las deudas de celular, de tarjeta de transporte o de la propia tarjeta de crédito se acumulan sin que nadie le explique cómo se pagan. La pulseada no se gana sólo con la tecnología ni con la buena voluntad de las plataformas que acercan el mercado a los más chicos, y la pregunta que sobrevuela todo este mapa sigue siendo la misma de siempre: cuando llegue el momento en que la vida les pase la factura, quién termina pagándola, si los propios jóvenes que ahorran en dólares digitales o el resto de un país que mira la pantalla sin entender del todo qué está pasando.
