Central levantó la copa entre silbidos, codazos y un penal que todavía arde
El Canalla se impuso 3-1 frente a Estudiantes en Santiago del Estero, pero el verdadero partido se jugó después del pitazo final: golpes en el campo, insultos en el túnel y una premiación con aplausos irónicos para el árbitro.
Hay cenas familiares que terminan peor que esta final. Rosario Central le ganó 3-1 a Estudiantes en el Madre de Ciudades y se llevó la Supercopa Internacional, sí, pero el resultado fue casi un detalle al lado del show que se mandó el fútbol argentino en su propia mesa. El Verdinegro festejó con la copa, los del Pueblo Viejo se fueron masticando bronca y Darío Herrera, el árbitro de la noche, terminó aplaudido a la fuerza por los jugadores platenses en el podio. Una caricia, viniendo de donde venía.
El partido se rompió temprano con una de esas decisiones que en el fútbol de acá ya son marca registrada: una jugada dudosa, el VAR de por medio y un penal que cambió todo. Darío Herrera sancionó la falta de González Pirez sobre Enzo Copetti en la entrada del área y, después de mirar la pantalla como quien revisa el ticket del súper, cobró. Ángel Di María, el Fideo de siempre, cambió la ejecución por gol y puso el 1-0 que nobody discutió en el resultado, aunque Estudiantes lo discutió en cada cámara.
Lo que Estudiantes se llevó puesto
- El penal de Copetti, cobrado tras el llamado del VAR, que el Pincha nunca digerió.
- Una infracción de Elías Verón sobre Adolfo Gaich que, según el banco de Estudiantes, merecía la segunda amarilla y la roja. Minutos después, Jorge Almirón sacó al propio Verón, ya amonestado, como quitándose la espina a medias.
- Una mano de Ignacio Ovando dentro del área que Herrera no vio ni el VAR le señaló, y que para el conjunto platense fue la frutilla del postre.
- El recibimiento frío del Clausura, cuando los jugadores de Central dieron la espalda en la previa. Ovando lo había calificado como una falta de respeto y la herida seguía abierta.
El segundo tiempo fue un partido dentro del partido. Central golpeó cuando pudo, Estudiantes protestó cuando no le quedó otra, y el clima se fue espesando como el locro de un domingo frío. Los goles siguientes del Canalla terminaron de dibujar el 3-1, pero el número ya no importaba demasiado: lo que se jugaba era la moral del derrotado.
El pitazo final desató lo que el reloj venía acumulando. En el campo hubo empujones, insultos al aire y algún que otro codazo que no llegó a la grabación oficial. Después, en el túnel camino a los vestuarios, la cosa siguió. Dicen que se escucharon cosas que no se pueden repetir. Lo que sí se puede repetir es que, según reconocieron ambos lados, los incidentes existieron y no fueron un invento de la tele.
La imagen más fuerte de la noche, igual, se vio en la premiación. Juan Sebastián Verón, la Bruja de las bandas y los pases largos, dudó hasta último momento si mandaba a sus jugadores a buscar las medallas. Los mandó, y cuando Claudio Tapia le entregó las distinciones al juez Herrera y a sus asistentes, los futbolista del Pincha rompieron en aplausos irónicos. Un aplauso así, en silencio, hace más ruido que un grito en una cancha llena. La Bruja, después, se acercó y felicitó a Central por el título. Buen gesto, aunque tardío, como pedirle perdón a alguien después de haberle ganado 3-1.
Al final de cuentas, Central festeja una copa merecida en lo deportivo, con el Fideo sacando a relucir su jerarquía y un equipo que golpeó en los momentos justos. Estudiantes se vuelve a La Plata con el librito de los reclamos bajo el brazo y la sensación de que el árbitro le sacó dos o tres páginas. ¿Balance de la final? Ganó el que más quiso ganar. Lo demás, que lo charlen en los programas de la noche, que yo ya tengo el pronóstico cargado: este tema va a seguir dando tela hasta la próxima fecha, y el que avisa no traiciona, aunque me reserve el sagrado derecho de errar.
