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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Con el dólar quieto y el blue a $1.545, las economías regionales vuelven a quedar a la espera de una señal de fondo

El minorista cerró a $1.530 en el Banco Nación, el paralelo acompañó en $1.545 y el tipo de cambio que paga el consumidor con tarjeta trepó a $2.007,20, mientras el riesgo país se sostiene en 622 puntos básicos. La pax cambiaria no calma a los viñedos ni a los productores del interior, que ya planifican la próxima temporada con el precio del kilo de uva todavía sin definirse.

Por Agustina QuirogaVitivinicultura y campo · · hace 58 min
Con el dólar quieto y el blue a $1.545, las economías regionales vuelven a quedar a la espera de una señal de fondo

El cierre cambiario del viernes dejó una postal de manual: el dólar oficial terminó a $1.530 para la venta en el Banco Nación y a $1.480 para la compra, repitiendo los valores que se observaron en buena parte de la semana, mientras que el blue, ese termómetro paralelo que suele anticipar los movimientos del humor financiero, se mantuvo clavado en $1.545 para la venta y en $1.498,65 para la compra, sin alterar el recorrido que mostró en las últimas ruedas. La diferencia entre ambos canales quedó acotada a apenas quince pesos, una brecha reducida que, lejos de interpretar como un síntoma de calma estructural, la mayoría de los productores vitivinícolas del oeste bonaerense y del sur mendocino prefiere mirar con recelo, porque saben que en la Argentina la quietud del tipo de cambio suele preceder a los saltos que terminan licuando los costos de la próxima cosecha y dejando afuera del negocio a los chacareros más chicos.

El dato que más duele en las economías regionales, sin embargo, no aparece en las pizarras bancarias sino en el resumen de la tarjeta de crédito: quienes paguen consumos en moneda extranjera, ya sea un pasaje al exterior, una suscripción digital cobrada desde afuera o cualquier compra puerta afuera del país, deberán desembolsar este viernes $2.007,20 por cada dólar, un valor que se compone con la cotización minorista más un treinta por ciento de percepción a cuenta del Impuesto a las Ganancias que se aplica desde que el Gobierno decidió eliminar el recargo del impuesto PAIS, una decisión que en los papeles alivió el costo financiero del turismo emisivo pero que en la práctica convirtió a la tarjeta en el dólar más caro de todos los que conviven en el mercado local, una suerte de castigo silencioso que nadie termina de explicar al consumidor cautivo de las plataformas digitales.

El resto del mapa financiero, en una sola lectura

  • Euroblue: la moneda europea se negoció en el mercado paralelo a $1.737,60 para la venta, ampliando la distancia frente al peso en un contexto de dólar estable.
  • Bitcoin: la principal criptomoneda operó en torno a los US$82.138 por unidad, en un nivel que refleja la volatilidad propia del activo y no transmite señales específicas al mercado local.
  • Ether: la segunda moneda digital por capitalización se ubicó cerca de los US$2.474, acompañando la tónica general del segmento cripto sin convertirse en referencia para el productor agropecuario.
  • Riesgo país: el indicador que elabora JP Morgan para medir la sobretasa que paga la deuda soberana argentina frente a los bonos del Tesoro de Estados Unidos cerró en 622 puntos básicos, un número alto en términos históricos pero estable respecto de las últimas semanas.

Al cruzar la puerta de cualquier finca del departamento de San Martín, en la provincia de Mendoza, la discusión cambia de eje, porque mientras las pantallas financieras celebran una jornada sin sobresaltos, los productores consultados en la zona núcleo vitivinícola remarcan que todavía no tienen definido el precio del kilo de uva para la vendimia que está empezando a perfilarse, y que cualquier presupuesto que se firme en pesos a la cotización oficial de $1.530 se desactualiza a la velocidad con que se mueve el gasoil, el plástico para los tanques de fermentación o la bolsa de cartón para el vino fraccionado, una cadena de costos dolarizados que convive con ingresos que, en el mejor de los casos, se terminan cobrando a la cotización paralela, esa misma que el viernes se mantuvo en $1.545 y que licúa cualquier margen antes de que llegue a la liquidación final.

“Mientras tanto, en la finca siempre se ve otra cosa: el productor del departamento de Junín que firmamos con la bodega termina cobrando en blue, no en oficial, y eso nadie lo puede discutir.”Carlos Roldán, productor vitivinícola del departamento Junín, Mendoza

El cuadro de fondo que muestra este cierre semanal configura una paradoja que el sector agropecuario viene denunciando sin éxito: la estabilidad del tipo de cambio oficial no baja los precios de los insumos porque esos precios están dolarizados de origen, mientras que el productor sigue dolarizando de hecho sus ingresos cuando vende el grano o la uva al mejor postor, que en las economías regionales rara vez es el precio que quiere la industria compradora y casi nunca es el que refleja el dólar blue del día. En ese mientras tanto, el riesgo país sigue instalado en los 622 puntos básicos que reportó JP Morgan al cierre del viernes, un número que las calificadoras internacionales miran con atención y que en el interior se traduce, lisa y llanamente, en la imposibilidad de acceder a financiamiento en condiciones razonables para levantar parrales, comprar máquinas o renovar los tanques de acero inoxidable que la industria del vino necesita para no perder competitividad frente a Chile o a Sudáfrica, dos países que llevan décadas subsidiando la inversión en terroir.

La pregunta que sobrevuela cualquier análisis cambiario en la Argentina agropecuaria ya tiene clásica y se reitera al final de cada semana sin que nadie se haga cargo de la respuesta: si el dólar oficial se mueve poco, el blue se acomoda, la brecha se mantiene en valores tolerables y, sin embargo, el campo no logra financiar la próxima campaña ni reponer la estructura productiva que la última seca se llevó puesta, entonces cabe preguntarse con nombre y apellido quién termina pagando esta cuenta que ninguno de los actores de la cadena quiere firmar, porque el consumidor urbano termina absorbiendo la diferencia en el precio del vino en la góndola, el productor la come en el margen que no recupera y el Estado la registra como un ahorro fiscal que no se traduce en inversión ni en infraestructura rural, una cuyo resultado, medido en hectáreas, parrales abandonados y vinos que ya no se hacen en el país, se empieza a ver con claridad cuando se recorren los caminos rurales del oeste argentino.

AQ
Agustina QuirogaVitivinicultura y campo

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