Cuando el camino propio se confunde con el guion ajeno: dos preguntas que ordenan la vida
El filósofo Ira Bedzow, de la Universidad de Emory, propone interrogar de quién es la vida que se vive y quién debería decidir cómo se la vive. Un metanálisis reciente muestra que perseguir metas alineadas con los valores propios se asocia con más esfuerzo, más avance y mayor bienestar, incluso cuando el entorno empuja en otra dirección.
Acá en Chimbas, doña Marta se sirve el mate de las siete de la tarde y me cuenta, mientras mira hacia la vereda, que toda la vida quiso estudiar enfermería, pero que se casó a los veinte, tuvo tres hijos y se quedó con el oficio de costurera que le había enseñado su madre. No se queja, eso sí: aclara que la culpa no fue de nadie, pero que tampoco fue del todo suya la decisión. Cuando le pregunto qué la frenó, se queda un momento en silencio y después suelta una frase que parece resumir medio siglo: yo no sabía que se podía elegir otra cosa. Esa escena, que podría repetirse en cualquier barrio de la Argentina, es exactamente la que el filósofo Ira Bedzow intenta desarmar con un ejercicio tan breve como incómodo, pensado para que cada uno se haga cargo de lo que efectivamente está viviendo.
Bedzow, doctor en Filosofía, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory y director ejecutivo del Emory Purpose Project, propone detenerse frente a dos preguntas que, según sostiene, ayudan a separar los deseos genuinos de las presiones familiares, sociales y culturales que suelen colarse sin hacer ruido en las decisiones cotidianas. La primera es de respuesta casi automática: de quién es la vida que estás viviendo. La segunda, en cambio, incomoda, porque obliga a reconocer que el rumbo propio no está fijado de antemano por nadie, ni por los padres, ni por el entorno, ni por el barrio: quién debería determinar cómo vivís. Esa segunda pregunta, explica el especialista, es la que suele postergarse toda la vida, porque es más sencillo repetir un camino conocido que animarse a inventar uno nuevo. Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo, señaló Bedzow, y esa comodidad, advirtió, puede terminar instalando a la persona en un guion que jamás eligió en forma consciente.
Perspectivas externas, no control externo
El planteo del filósofo no propone un aislamiento orgulloso ni un corte brutal con la familia o los amigos. Todo lo contrario: Bedzow distingue con bastante cuidado entre recibir puntos de vista de afuera y entregarles el manejo del volante. Hablar con un colega sobre una oferta laboral, escuchar a un amigo que cuestiona una suposición sobre una relación de pareja, pedirle a un hermano mayor que mire un proyecto con ojos críticos, todo eso puede abrir los ojos sobre aspectos que uno no había considerado. La línea divisoria, insistió, pasa por otro lado: quién termina tomando la decisión final y desde qué criterios la toma. Mientras el comando siga en uno, los aportes de los demás suman; en el momento en que se entrega, dejan de ser consejo y empiezan a ser mandato.
Lo que dice la evidencia
La intuición filosófica de Bedzow no queda en el aire. Un metanálisis de Sezer y sus colaboradores, citado por el especialista, encontró que las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más en lo que se proponen y a registrar niveles más altos de bienestar. La diferencia aparece con claridad cuando se compara con quienes orientan sus objetivos por expectativas parentales, por presión de estatus o por el miedo a sentir culpa si no cumplen con lo que se espera de ellos. En otras palabras, no es lo mismo remar hacia un puerto elegido que remar hacia un puerto que otros eligieron, y el cuerpo, el ánimo y la satisfacción lo terminan pagando, o cobrando, según el caso.
- Preguntarse de quién es la vida que se está viviendo, y responder con la mayor honestidad posible, sin edulcorar ni culpar a otros.
- Preguntarse quién debería determinar cómo se vive, para distinguir entre sugerencias del entorno y mandatos que uno nunca firmó.
- Aceptar que recibir perspectivas externas no equivale a entregar el control, y mantener en uno la decisión final.
- Practicar la autorreflexión en decisiones de bajo riesgo, como un cambio de hábito o de hobby, para fortalecer el criterio antes de las apuestas grandes.
- Evaluar si aquello que se persigue merece ser perseguido, retomando la idea de la filósofa Susan Wolf de comprometerse con lo que es genuinamente valioso.
Bedzow aclara que la autorreflexión que propone no es una invitación a quedarse mirando el ombligo, sino un ejercicio con dirección concreta: examinar las razones por las que se eligió lo que se eligió, considerar alternativas y aprender de los resultados, incluso cuando duelan. Esa práctica, repetida en decisiones chicas, va entrenando un músculo que después sirve cuando lo que está en juego es más importante, como un cambio de carrera, una separación o un emprendimiento. La filósofa Susan Wolf, mencionada por el propio Bedzow, aportó otro ángulo al debate: el sentido de la vida no aparece solo cuando uno satisface sus deseos individuales, sino cuando se compromete con aquello que, al mirarlo de cerca, reconoce como realmente valioso. Esa pregunta, si lo que busco merece ser buscado, termina siendo, según el especialista, una segunda vuelta de tuerca sobre las dos iniciales, porque obliga a revisar no solo de quién es la vida que se vive, sino también si lo que se hace con ella tiene el peso que uno cree que tiene.
Vuelvo a doña Marta, acá en Chimbas, antes de cerrar la nota. Le pregunto qué haría hoy si pudiera empezar de nuevo y, sin dudarlo, me dice que anotarse en la escuela de enfermería, aunque tuviera que ir con los nietos a upa. Después se ríe, me alcanza el mate y agrega, como si fuera un consejo que le dejó la vida: no esperes a que te digan qué hacer, que cuando te das cuenta ya pasaron los años. No es una frase de manual ni una cita académica, pero suena bastante parecida a lo que Bedzow lleva años tratando de explicar: que la vida propia empieza, de verdad, cuando uno se anima a preguntar de quién es y quién debería decidir cómo se la vive. Mientras esa pregunta quede sin formular, el guion ajeno seguirá escribiéndose solo, y lo que se espera de uno nunca termina de coincidir con lo que uno, en el fondo, esperaba para sí.
