El arte de decir que no: por qué a los argentinos nos cuesta tanto y qué pasa cuando no lo logramos
Ansiedad, resentimiento y hasta insomnio: las consecuencias concretas de no saber poner límites. Y el otro extremo, el de quien no tolera que se los pongan. La buena noticia es que se aprende, aunque duela.
Acá en Chimbas, doña Marta me cuenta mientras hace la cola en la verdulería que el domingo fue el cumple de su nuera y otra vez terminó lavando los platos después de cocinar ella también. Me dice, bajito, casi como pidiendo permiso: 'Es que no sé decir que no'. Y la miro, y me suena familiar, porque a mí también me pasa, y a la mitad de las personas que conozco. Por eso me puse a investigar este tema que parece menor pero que tiene consecuencias mucho más serias de lo que uno imagina cuando tiene la servilleta en la mano y no puede negarla a recoger.
De dónde sale la dificultad de poner límites
La cuestión no es de carácter ni de personalidad, como muchos seguimos creyendo. Según lo que consulté, todo arranca mucho antes, en los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo limite porque sin ese afuera no se construye el psiquismo. El pecho que no siempre está, el 'no' ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso que el nene vive como frustración en el momento es, paradójicamente, lo que después le va a permitir distinguir entre lo que quiere y lo que puede, entre uno mismo y el otro.
Y acá viene algo que me parece clave y que vale la pena repetir: el límite no es lo contrario del amor. Es una de las formas que tiene el amor. Cuando un padre le pone un freno al chico no lo está rechazando, lo está ayudando a crecer. Cuando una madre le dice que no a algo, le está enseñando que el mundo no gira alrededor de su deseo. Después, cuando somos grandes, esas marcas se traducen en la capacidad (o la incapacidad) de decir que no en el resto de los vínculos.
Dos patrones opuestos y un punto medio que casi nadie alcanza
- El que no puede poner límites: suele haber aprendido de chico que su propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos: ansiedad, resentimiento que se va acumulando y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
- El que no tolera el límite ajeno: cualquier 'no' se vive como una ofensa o un desafío personal. Aunque por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro, por afuera puede parecer fortaleza. Las relaciones se van organizando alrededor de su voluntad y, a la larga, eso las vacía.
- El punto intermedio: poder decir que no sin culpa y escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo suele ser mucho menor que el de las alternativas.
“Los síntomas físicos aparecen justo donde la palabra no llegó: el cuerpo termina poniendo los límites que la persona no se animó a poner.”Rosana Lucero, Sociedad y vida
Lo que más me tranquiliza, y se lo quiero transmitir a doña Marta la próxima vez que la vea en la verdulería, es que esto no es un rasgo inmodificable. Se construyó en un momento y, si no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece ese espacio para aprender a decir 'hasta acá' sin sentir que uno está traicionando al otro. Es un trabajo, claro, con sus tiempos y sus idas y vueltas, pero se puede. Mientras tanto, a mí me queda la tarea de empezar por lo chiquito: el domingo que viene, cuando me ofrezcan el postre en lo de mi cuñada, capaz que por una vez digo que no, sin armar tanto drama.
