El ojo que se cierra: Lindelof revela, quince años después, qué fue realmente la isla de Perdidos
El cocreador de la serie rompió el silencio sobre los flash sideways de la última temporada, desmintió la teoría del purgatorio y contó cómo un texto budista tibetano terminó dándole la clave para cerrar la historia de Jack, Kate, Hurley y compañía.
"Y acá estamos otra vez, juntándonos para ver cómo termina todo", escribió una vez un poeta sanjuanino que se pasó la vida contando despedidas en las sierras. Lo cito porque la frase me viene al pelo cuando uno se sienta a pensar en Perdidos, esa serie que durante seis temporadas nos hizo creer que íbamos a entenderlo todo y que, cuando levantó el telón por última vez, dejó a millones de fans con la sensación de que se habían bajado del avión antes del accidente. Bueno, justamente de ese accidente, de esa isla y de lo que vino después habló Damon Lindelof, el cocreador junto a J.J. Abrams, en una reciente charla donde por fin puso las cosas en su lugar. Y te adelanto: la isla era real, lo que pasaba ahí adentro pasó de verdad, y la línea narrativa paralela donde el Oceanic 815 nunca se estrella no fue una paradoja temporal ni un universo alternativo, sino otra cosa muy distinta que tiene que ver con la muerte, con el más allá y, créase o no, con un libro budista.
Voy a ir despacio, porque el tema lo amerita y porque a más de quince años del final la confusión sigue siendo patrimonio de los fans. Para el que llega recién: Perdidos arrancó en 2004 con un avión que se parte en mil pedazos sobre una isla misteriosa en medio del Pacífico, y durante seis temporadas un grupo de sobrevivientes se las vio con osos polares, humo negro, números malditos, un botón que había que apretar cada 108 minutos y una organización llamada la Iniciativa Dharma que tenía más preguntas que respuestas. La serie se despidió en mayo de 2010 con un capítulo final que dividió aguas: mientras algunos lo consideraron una obra maestra, otros sintieron que se quedaron con las ganas de entender qué había pasado. Y acá es donde entra Lindelof con sus declaraciones, que en lo personal me dejaron más tranquilo, porque después de tanto tiempo uno necesita que alguien le cierre el círculo.
No era el purgatorio: la isla existió
Lo primero que el guionista salió a dejar en claro es la teoría más popular y más equivocada de todas: la idea de que la isla era una especie de purgatorio y de que nada de lo que vimos durante seis temporadas había ocurrido en realidad. Esta lectura circuló desde el primer día y cobró fuerza cuando, ya sobre el final, la serie introdujo los famosos flash sideways, esos capítulos donde los protagonistas se cruzaban en una Los Angeles alternativa, ninguno conocía al otro y, fundamentalmente, el vuelo 815 de Oceanic Airlines nunca se accidentaba. Para muchos fans, eso era la prueba definitiva de que los personajes habían estado muertos desde el principio. Lindelof lo desmiente de raíz y lo hace con una declaración terminante, de esas que no dan lugar a dobles lecturas.
“Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien.”Damon Lindelof
La frase es del propio Lindelof y, si uno se detiene a pensarlo, cambia por completo la forma de mirar la serie. Porque si todo lo de la isla pasó, entonces la Iniciativa Dharma fue real, los otros de verdad, el humo negro era una amenaza concreta y la pelea entre Jacob y el Hombre de Negro tenía consecuencias tangibles para todos los que pisaron ese suelo. El final de la historia muestra a Hurley y a Ben a cargo de la isla, lo cual también fue literal: para el cocreador, ese fotograma no es simbólico ni poético, es la continuidad de lo que efectivamente estaba pasando en ese mundo. Y acá viene la parte que a mí, te confieso, me resulta más conmovedora: cuando Jack Shephard cierra los ojos en la última escena y muere en el mismo lugar donde había abierto los suyos en el piloto, ese momento pertenece al relato principal, al hilo de lo que efectivamente ocurrió. No es un sueño, no es una proyección, no es un limbo.
El Libro tibetano de los muertos
Entonces, si la isla fue real y los flash sideways no fueron una realidad alternativa, ¿qué fueron? Acá es donde la serie se vuelve, como diría un amigo, filosóficamente jugosa. Lindelof contó que la idea de construir esa dimensión post mortem fue tomando forma entre la tercera y la cuarta temporada, cuando los guionistas ya sabían que la serie iba a terminar con la muerte de Jack. La simetría entre el ojo que se abre en el piloto y el ojo que se cierra en el final les parecía la conclusión correcta desde lo narrativo, pero les faltaba resolver un enorme: cómo mostrar lo que le pasaba al personaje después de muerto sin traicionar la lógica interna del relato. La respuesta la encontraron en un texto que tiene más de mil años de antigüedad, conocido en Occidente como el Libro tibetano de los muertos y cuyo título original es Bardo Thodol. Este escrito describe el Bardo, un estado intermedio en el que una persona muere pero todavía no sabe que está muerta, y nadie puede decirle que falleció, aunque puede empezar a recibir señales que le van marcando el camino. Lindelof lo explica con una síntesis que, la verdad, me parece hermosa: "La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírtelo." Cuando uno mira los flash sideways con esa clave, todo encaja: los personajes se reencuentran en una especie de limbo colectivo donde van cayendo de a poco, van cosas que en esa línea nunca vivieron y terminan armando, entre todos, el rompecabezas de que ya no están entre los vivos.
Para que el recurso no resultara obvio desde el arranque, los guionistas fueron muy astutos y apelaron a un truco narrativo que ya habían usado: meter los viajes en el tiempo al cierre de la cuarta temporada y construir toda la quinta temporada sobre esa base. La intención confesada por Lindelof era que el público interpretara los flash sideways como una paradoja temporal, como una línea de tiempo alternativa creada por los saltos al pasado, y que esa fuera la lectura dominante durante años. Recién cuando los propios personajes, al recordar situaciones que en esa realidad paralela nunca habían vivido, empiezan a hacerse preguntas, el espectador entiende que ahí pasa algo distinto. Es una jugada que, mirada en retrospectiva, tiene una elegancia enorme y que explica por qué la serie sigue dando que hablar: porque el misterio no estaba solo en la trama, sino en la forma de contarla.
