El precio de la red: cuando el guionista se queda solo con las llaves del set
La esperada secuela de La red social confirma que Aaron Sorkin escribe como pocos, pero que dirigir su propio guión le juega en contra y arrastra una película que necesitaba, otra vez, de un director que lo contenga.
Lo confieso de entrada: entré a la sala con la mejor de las disposiciones, porque cuando uno escribe sobre cine argentino y de tanto en tanto se cruza con una película de Aaron Sorkin, no puede evitar sentirse un poco hijo de esa manera de contar las cosas. El tipo que dijo alguna vez que escribir es como tirarse de un edificio y armar el paracaídas en el camino, vuelve a la carga con El precio de la red, una película que llega como secuela espiritual de La red social y como confirmación de algo que la crítica viene sospechando desde hace rato: Sorkin funciona mejor cuando alguien lo contiene.
La red social y el peso del antecedente
El cine de Sorkin tiene una música reconocible: diálogos que avanzan como un motor bien afinado, personajes que se pasan la pelota con virtuosismo, y una tendencia casi obsesiva a explicar, en vez de mostrar, cadaverito ético que aparece en la mesa. Esa música la dirigió, en su mejor versión, David Fincher en La red social de 2010, que sigue siendo un manual de cómo traducir el verbo a imagen. Después vinieron Danny Boyle en Steve Jobs y Rob Reiner en Algunos hombres buenos, todos directores que supieron poner un coto a sus excesos, y el resultado fue un cuerpo de obra notable. El problema aparece cuando Sorkin se pone detrás de cámara él mismo, como en Molly's Game, y ahora en El precio de la red, donde el escritor toma las riendas totales y la película se nota sin manos externas que la ajusten.
La sala donde vi el estreno estaba casi llena, con esa mezcla habitual de público curioso y de colegas con libretita. La película arranca con una secuencia de montaje que intenta recuperar el ADN de su antecesora: pantallas de computadora, escritorios de Harvard, el nacimiento de una nueva plataforma digital. Pero el pulso se va perdiendo de a poco, como cuando un piloto automático empieza a fallar en una zona de turbulencia. Lo que en La red social era vértigo, acá se vuelve monotonía bien escrita, que es un elogio a medias y una condena casi total para un film de dos horas.
Soliloquios, interiores opacos y la frase que lo explica todo
Lo que la crítica especializada señala es exactamente lo que el ojo percibe en la butaca: larguísimos parlamentos que sobreviven porque suenan bien dichos en voz alta, pero que no siempre hacen avanzar la historia. Las escenas de interiores, por otro lado, presentan problemas de iluminación llamativos, algo curioso si tenemos en cuenta que el director de fotografía es el mismo de La red social, lo cual habla más de las decisiones del realizador que del equipo técnico. No hay urgencia en el montaje ni una imagen que trascienda lo funcional, y eso, tratándose de una película sobre el vértigo de las redes sociales, termina siendo casi una ironía involuntaria.
“Sorkin es un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Personaje interpretado por Bill Burr en El precio de la red
Esa línea, que ya venía en los tráileres y que la propia película se encarga de subrayar, funciona como una confesión involuntaria del proyecto. Es el tipo de gag autocrítico que en otro contexto sería gracioso, pero que acá suena casi a descargo de responsabilidad: la película admite en público lo que después no puede resolver en privado. Y esa es, quizá, la clave del desencanto. Uno no le pide a Sorkin que renuncie a su voz, que es de las más reconocibles del cine estadounidense contemporáneo; lo que uno le pide es que acepte que esa voz necesita un interlocutor que la discuta cuadro por cuadro.
- El precio de la red se proyecta en salas seleccionadas de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza y Mar del Plata, con funciones en versión original subtitulada y doblada al castellano.
- Las entradas generales arrancan en torno a los 6.500 pesos en formato estándar y pueden superar los 9.000 en complejos con butacas premium y proyecciones en salas con sonido envolvente.
- Los horarios habituales en cines céntricos van de las 14 a las 23, con funciones nocturnas los jueves, viernes y sábados que suelen agotarse por la franja etaria del público.
- Para lectores de San Juan y zonas de Cuyo, se recomienda chequear la cartelera de los complejos locales y los autocines, que suelen tener funciones especiales de este tipo de estrenos.
- La película dura alrededor de dos horas y se proyecta en formatos 2D y algunos seleccionados en 4DX, según el complejo.
- Quien quiera revisitar el recorrido de Sorkin como director puede darse una vuelta por Molly's Game en plataformas de streaming, y volver a La red social y Steve Jobs para entender por qué la diferencia se nota en la butaca.
