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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El precio oculto de ser el pilar de todos: cuando los vínculos se evaporan a los 60

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y siempre dispuestas, que al llegar a la madurez descubren que sus lazos eran más funcionales que afectivos. Por qué cuesta tanto pedir ayuda y qué se puede hacer antes de que sea tarde.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · · hace 1 h
El precio oculto de ser el pilar de todos: cuando los vínculos se evaporan a los 60

Son las nueve de la mañana acá en Chimbas y Graciela, vecina del barrio Santo Domingo, prepara mates mientras enumera las llamadas que atendió el fin de semana: un sobrino con problemas de pareja, una amiga que se separó, una cuñada que no sabe cómo enfrentar el juicio de sucesión. Graciela escuchó a todos, aconsejó a todos, sostuvo a todos. Lo viene haciendo desde que tenía treinta y pocos. Hoy, cerca de cumplir los sesenta, confiesa algo que le cuesta decir en voz alta: 'Yo también necesito que alguien me pregunte cómo estoy, pero no sé cómo pedirlo sin sentir que estoy molestando'.

Un perfil que la psicología clínica empezó a describir en detalle

Lo que le pasa a Graciela no es un caso aislado ni una rareza. La psicología clínica identificó un patrón que atraviesa a miles de personas, sobre todo mujeres, que fueron el sostén emocional de sus familias, trabajos y comunidades durante décadas. Son individuos socialmente hábiles, queridos, incluso admirados por su capacidad de resolver problemas. El dato que duele aparece cuando se cruza la frontera de los sesenta: muchos descubren que el teléfono no suena cuando son ellos los que necesitan apoyo.

El término técnico que usan los especialistas es cuidado compulsivo, y describe a personas que construyeron su identidad entera alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Escuchan, aconsejan, median, organizan. Pero casi nunca reciben la misma contención de vuelta. Con el paso de los años, el entorno incorporó esa asimetría como si fuera un dato natural: la persona fuerte no necesita ayuda, simplemente está ahí para darla.

Por qué la red se afina justo cuando más se la necesita

El mecanismo se vuelve brutalmente visible cuando cambian las circunstancias. Una jubilación, una mudanza, una pérdida personal, cualquier crisis que sacude la vida propia deja al descubierto que buena parte de esos vínculos dependían de la utilidad funcional: el acceso a experiencia, a contactos, a capacidad de gestión. Cuando esa utilidad deja de existir porque el contexto se transformó, la red se adelgaza de manera abrupta.

Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las desarrolladas en el MIT, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando cambia el contexto. Lo que sobrevive a esas transiciones es la reciprocidad, es decir el intercambio genuino de dar y recibir, y ese tipo de vínculo no se improvisa a los sesenta: se construye durante décadas.

“El problema no es la falta de vínculos, sino la calidad de esos vínculos. Muchos son funcionales, no afectivos, y cuando la función desaparece, el lazo se evapora.”Rosario Lucero, Sociedad y vida

El segundo obstáculo: la dificultad de pedir ayuda

Hay otro elemento que vuelve todo más difícil. Quienes ejercieron durante años el rol de cuidadores asocian pedir auxilio con una amenaza a su propia imagen. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo, casi contradictorio, porque va en contra de la persona sólida que construyeron. Esa incomodidad los lleva a enfrentar sus crisis en silencio, aun cuando tienen gente alrededor, y ese silencio es el que va horadando la red hasta volverla invisible.

  • Comunicar las propias necesidades en vez de esperar que el entorno las adivine, porque la mayoría de la gente no tiene por qué leer la mente.
  • Revisar qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta y distinguir esos de los que se sostienen por afecto genuino.
  • Trabajar el patrón antes de los sesenta, cuando todavía hay tiempo para reorganizar la red social en torno a lazos de reciprocidad y no de servicio.
  • Permitirse pedir ayuda como un acto de coraje y no de debilidad, y aceptar que hacerlo suele fortalecer los vínculos en lugar de debilitarlos.
  • Cuidar a otros sin abandonar el propio cuidado, empezando por reconocer que uno también merece la misma atención que brinda.

La salida que propone la psicología no pasa por dejar de cuidar a otros, algo que estas personas no quieren hacer porque forma parte de su identidad, sino por habilitar la reciprocidad. Eso implica dos movimientos concretos que la ciencia describe con claridad: decir en voz alta lo que uno necesita, en vez de esperar que el otro lo descifre, y revisar sin culpa qué amistades y qué parentescos se mantienen solo porque uno sigue siendo útil. Cuanto antes se trabaje este patrón, más años quedan para tejer relaciones de ida y vuelta antes de que la vida dé el próximo giro.

Acá en Chimbas, mientras termina el mate, Graciela reconoce que lleva años postergando esa revisión. 'Uno se acostumbra a ser el que resuelve y un día mira el teléfono y nadie llamó para saber cómo estás. No es que la gente sea mala, es que uno les enseñó a no preguntar'. Lo dice con la crudeza que permite entender lo que viene después: la expectativa silenciosa de que el patrón cambie solo. La psicología es clara en ese punto. Si el patrón no se trabaja, no cambia. Y el mejor momento para empezar fue hace veinte años; el segundo mejor momento es hoy.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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