Jóvenes argentinos de 18 a 25 años: el empleo pleno apenas alcanza al 14,2% y la brecha se reproduce por estrato social
Un informe de la UCA describe un mercado laboral juvenil fragmentado, donde siete de cada diez jóvenes no acceden a un trabajo formal. La situación del hogar de origen y la del principal sostén económico pesan más que el esfuerzo individual, según los datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina.
Vamos a los números. En la Argentina, el acceso a un empleo pleno de calidad es una excepción entre los jóvenes de entre 18 y 25 años: apenas el 14,2% de ese segmento poblacional consigue un trabajo registrado en condiciones formales, de acuerdo con los registros relevados por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina. La cifra describe un mercado laboral juvenil profundamente fragmentado, en el que el punto de partida familiar tiende a determinar, en gran medida, las posibilidades reales de inserción.
El resto de los jóvenes se distribuye en un abanico de situaciones que van desde la informalidad hasta la inactividad total. El 30,2% cuenta con algún tipo de empleo regular, pero dentro de ese universo el 16% trabaja en condiciones precarias. En paralelo, un 22,5% realiza changas, tareas eventuales o intermitentes, o atravesó un episodio reciente de desempleo. Un 10,7% lleva más de seis meses sin conseguir un trabajo, mientras que el 36,6% directamente no busca empleo ni ejerce actividad laboral alguna. La fotografía, comparada con la de una década atrás, muestra un retroceso sostenido: la proporción de jóvenes con empleo pleno cayó y, en simultáneo, creció el peso relativo de la informalidad y de la inactividad.
Estrato social y origen familiar: los factores que inclinan la balanza
El informe del ODSA advierte que la condición socioeconómica del hogar actúa como un filtro previo al mercado de trabajo. La proporción de jóvenes que no estudian ni trabajan alcanza el 20,7% en el promedio general, pero trepa hasta el 34,2% en el estrato socioeconómico muy bajo y se reduce al 8,3% en el estrato medio alto. La diferencia, de casi veintiséis puntos porcentuales, ilustra la magnitud de la desigualdad de oportunidades.
La posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar sigue la misma lógica. El 41,2% de los jóvenes del estrato medio alto solo estudia, proporción que cae al 15,6% en el estrato muy bajo. Apenas un 13% del total logra combinar estudio y trabajo de manera simultánea, lo que muestra las dificultades estructurales para sostener la doble trayectoria que suele recomendarse desde las políticas públicas de transición a la adultez.
- Empleo pleno (registrado, con aportes y derechos): 14,2%.
- Empleo regular pero precario (dentro del 30,2% con algún trabajo formal): 16%.
- Changas, trabajos eventuales o desempleo reciente: 22,5%.
- Desempleo de larga duración (más de seis meses): 10,7%.
- Inactividad total (no busca ni trabaja): 36,6%.
- Solo estudia: 41,2% en estrato medio alto; 15,6% en estrato muy bajo.
- Combina estudio y trabajo: 13%.
- No estudia ni trabaja: 8,3% en estrato medio alto; 34,2% en estrato muy bajo.
El peso del empleo del principal sostén económico del hogar aparece como una variable determinante. Cuando ese adulto cuenta con un empleo pleno, las chances del joven de mantenerse dentro del sistema educativo tienden a aumentar. Cuando predominan la precariedad o el desempleo en la figura de referencia, crece la probabilidad de que el joven tampoco estudie ni trabaje. Aun así, el organismo de la UCA aclara que "incluso un empleo protegido del principal sostén económico no alcanza a borrar la desventaja asociada a una posición socioeconómica baja", una advertencia que pone límites al supuesto de que la mera formalización del cabeza de hogar se traslada de manera automática a las trayectorias juveniles.
El impacto en los ingresos: llega el día 20 sin un peso
La fragilidad de la inserción laboral juvenil se refleja en el bolsillo. Según un estudio de la consultora Zentrix citado por el informe, el 85,5% de los jóvenes de entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin dinero disponible, frente al 60,6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. La menor antigüedad laboral, la mayor incidencia de la informalidad y los salarios de entrada, ubicados en la base de la pirámide salarial, explican en buena parte esa diferencia de casi veinticinco puntos porcentuales entre ambos segmentos etarios.
La inserción irregular sin estudio se dispara del 4,9% al 26,8% entre el estrato medio alto y el muy bajo, una brecha que da cuenta del peso del origen social. En la misma dirección, quienes no estudian ni trabajan pasan del 13,3% al 30,5% cuando la persona jefa de hogar deja de tener un empleo pleno y pasa a una situación de subempleo o de desempleo inestable. Los datos, en conjunto, describen una dinámica en la que las desventajas se transmiten de una generación a la siguiente y en la que el esfuerzo individual alcanza solo de manera parcial para revertir estructuras consolidadas.
De cara a los próximos relevamientos, conviene seguir de cerca la evolución del cruce entre estrato socioeconómico y condición de actividad: la proporción de jóvenes que ni estudian ni trabajan, desagregada por nivel de ingresos del hogar, suele anticipar los movimientos del mercado formal con mayor sensibilidad que las tasas agregadas de desempleo. Cuando esa cifra deja de caer en el estrato más bajo, el deterioro del empleo pleno tiende a profundizarse en el resto de la pirámide social.
