La chica de la aguja: cuando la maternidad se vuelve un caso criminal en una Copenhague en blanco y negro
El filme de Magnus von Horn rescata un caso real de Dinamarca de principios del siglo XX y lo convierte en un drama sobre el hambre, la desconfianza y las decisiones imposibles que tomaban las mujeres cuando no les quedaba otra.
Lo confieso de entrada: cuando uno se sienta a ver La chica de la aguja lo primero que lo golpea no es la trama ni el crimen, sino esa Copenhague en blanco y negro que parece extraída de una fotografía tomada en una mañana de invierno y dejada después sobre una mesa, medio olvidada, durante cien años. Magnus von Horn reconstruye esa ciudad de posguerra con una paciencia casi de arqueólogo: calles vacías, fábricas que funcionan a tientas, casas donde la calefacción es un lujo y la comida una incertidumbre diaria. Y en ese escenario, que funciona tanto como marco como personaje, se dispara un caso criminal real que todavía hoy, escuchado a la distancia, sigue helando la espalda.
La protagonista es Karoline, una trabajadora embarazada que apenas llega a fin de mes y que un día se cruza con Dagmar, interpretada por Trine Dyrholm con una presencia enorme, casi maternal en su forma de ofrecer soluciones. Dagmar se presenta como una especie de intermediaria que consigue familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, esa propuesta cae como una cuerda en medio de la corriente: no es que quiera desprenderse de su hijo, es que la pobreza no le deja otra ventana. Esa tensión entre el deseo y la necesidad, entre lo que una quisiera hacer y lo que puede hacer, es el motor más humano de la película.
La sombra del caso real
Aquí el director apela al suspenso con bisturí: la información sobre quién es realmente Dagmar y qué pasa con esos bebés se va dosificando escena a escena. La sospecha se instala de a poco, del mismo modo en que se instala el frío en una casa sin estufa. Lo brillante es que el crimen no se cuenta como un hecho policial sino como un drama social: lo que termina en los tribunales empezó mucho antes, en una época en la que una mujer sin recursos, sin red familiar y sin Estado que la contenga tenía poquísimas salidas reales.
- La fotografía en blanco y negro no es un capricho estético: refuerza la sensación de encierro, de falta de aire, de decisiones tomadas a oscuras.
- Trine Dyrholm compone a Dagmar con una ambigüedad calculada: uno no sabe si está frente a una salvadora o frente a alguien muy peligroso, y ahí está la genialidad.
- La reconstrucción de la Copenhague de posguerra evita el convite de postal turística: no hay glamour, hay colas, hay desempleo, hay hambre.
- La pregunta que deja la película excede a Dinamarca del siglo XX y se cuela hasta hoy: qué margen de elección tiene una persona cuando le faltan recursos y accompagnement estatal.
A mí, lo que más me quedó dando vueltas es esa idea tan simple y tan brutal que plantea Von Horn: que los grandes casos judiciales muchas veces no nacen de la maldad pura sino de una cadena de pobrezas, de silencios y de mujeres a las que el sistema empuja contra la pared. La chica de la aguja no es una película cómoda, no va a dejarlos de buen humor un domingo a la noche, pero sí es de esas cintas que justifican cada uno de los minutos que uno le dedica, porque obliga a pensar en cómo se construyen los dramas humanos cuando las redes de protección brillan por su ausencia.
“El blanco y negro no es un maquillaje retro, es la forma que tiene la película de decirnos que esa historia un lugar incómodo, sin filtros, sin la coquetería del color.”Reflexión del cronista
Como dato práctico para quien quiera acercarse: La chica de la aguja se encuentra disponible en plataformas de streaming y en algunos cines de arte de Buenos Aires, habitualmente con funciones subtituladas. Las entradas suelen ubicarse en el rango de los 3500 a los 6000 pesos dependiendo del complejo y la función, y los horarios más frecuentes van de las 15 a las 22 horas. Para confirmar la cartelera actualizada siempre conviene pegarle una mirada a las páginas oficiales de cada espacio cultural antes de salir de casa, porque la rotación de títulos independientes suele ser bastante dinámica de una semana a la otra.
