La herencia silenciosa: cuando las expectativas familiares se vuelven una mochila que los hijos cargan toda la vida
La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo "La culpa" (Paidós), propone revisar qué se reprocha cada uno y separar la responsabilidad por los propios actos de las exigencias que llegan desde afuera, incluso cuando se transmiten con amor.
Me toca decirlo con nombre propio porque lo veo seguido en el consultorio de la esquina, en la vereda de la escuela, en la mesa de los domingos acá en Chimbas: hay hijos que ya grandes siguen preguntándose qué espera su madre de ellos, qué querría su padre que hicieran con la vida. La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), asegura que esa clase de mandatos sobreviven al paso de los años y se instalan como una voz interna que juzga, incluso cuando afuera ya nadie la formula.
La escena es de estas que se repiten: una mujer, le digo Gloria, del barrio Rawson, me cuenta entre mates que cada vez que toma una decisión importante le vuelve a la cabeza la frase que le decía su padre de chica, y que pasaron más de treinta años desde la última vez que la escuchó de su boca. Para Wila, no es un caso raro: las voces y los juicios que recibimos en la infancia pueden incorporarse como reproches propios y persistir en la adultez aunque ya no haya nadie del otro lado exigiendo.
Expectativas que viajan en envases de cariño
La especialista advierte que no hacen falta gritos ni palabras hirientes para que la carga se instale. Un pedido expresado con dulzura puede dejar abierta la misma inquietud: qué esperan los adultos, qué habría que hacer para conseguir su aprobación. Y esa búsqueda, según Wila, termina alimentando la angustia y la culpa de manera cotidiana, en cosas tan simples como elegir un trabajo, una pareja o el lugar donde vivir.
“Cuando las metas que madres y padres no pudieron concretar se trasladan a los hijos, aparece una demanda imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de "La culpa" (Paidós)
En su planteo, la psicóloga distingue dos cosas que a veces se mezclan: las normas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad, y los mandatos que restringen las elecciones personales. Algunas exigencias, explica, quedan atadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y por eso las decisiones quedan condicionadas por ese temor antes que por el deseo propio.
- Preguntarse de qué se acusa cada uno en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo.
- Examinar la responsabilidad concreta por los propios actos y separarla de los reproches que vienen de afuera.
- Reconocer qué expectativas familiares pesan todavía en las decisiones adultas.
- Distinguir entre las normas que ordenan la convivencia y los mandatos que limitan las elecciones personales.
- Entender que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según la historia de cada persona.
La autora aclara que cada recorrido es singular: pesan las palabras, los gestos, las situaciones vividas, y no hay una receta igual para todos. Por eso, la salida que propone no es borrar de un plumazo la voz de los padres ni dejar de quererlos, sino detenerse a pensar qué está pasando cada vez que aparece el reproche, y preguntarse hasta dónde responde a un acto propio y hasta dónde a una expectativa que vino en herencia.
Lo que espera una persona cuando se anima a esa revisión, según se desprende de lo que cuenta Wila, es algo bastante humano: poder decidir sin sentir que está traicionando a nadie, y entender que hacerse cargo de lo propio no equivale a cargar con lo que nunca le correspondió.
