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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Lo que no se hereda del todo: por qué cuesta soltar la crianza que nos tocó

Un psicólogo especialista en trauma advierte que las huellas de la infancia no se borran al tener hijos; reaparecen en los gestos, los límites y hasta en las peleas pendientes con los propios padres. Claves para reconocer cuándo la historia personal se mete en la crianza.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · · hace 2 d
Lo que no se hereda del todo: por qué cuesta soltar la crianza que nos tocó

Lo confieso de entrada: cada vez que mi hija tira el plato de milanesa al piso porque se le da la gana, una vocecita interna me dice que lo agarre de las manos y se lo haga levantar de los pelos. Esa vocecita no es mía, viene de mucho antes. Viene del comedor de mi casa en Chimbas, donde la mesa era un tribunal y cualquier error se pagaba con un grito que todavía me suena en los oídos. Como les debe pasar a miles de padres y madres argentinos, descubrí que criar es revisitar la propia infancia a la fuerza, queramos o no.

Para hablar de este tema me senté (figuradamente) con Maximiliano McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, que arranca con una frase que resume todo lo que viene después: "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos". Esa mochila, dice, aparece en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar en un conflicto y hasta en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.

Qué se repite y qué conviene interrumpir

Según McCoubrey, el problema no está en repetir. Todo padre y toda madre repite cosas: gestos, tonos, respuestas. La cuestión es qué se repite. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa.

  • Pérdidas silenciadas: duelos que no se lloraron en casa y que aparecen como temas prohibidos.
  • Violencias naturalizadas: cachetadas, gritos o amenazas que se vivieron como algo "normal".
  • Vergüenzas heredadas: la sensación de que ciertas cosas propias dan pena o son motivo de burla.
  • Mandatos que viajan de generación en generación: estudiar tal carrera, casarse a tal edad, no mostrar debilidad.

Las marcas más difíciles de cambiar, explica el especialista, no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. El denominador común suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno esperaba.

Acá en Chimbas, en Rawson, en Belgrano o en Palermo, la escena se repite: una madre o un padre reacciona con una bronca desmedida porque el nene se ensució la ropa buena, y después se queda mirando el techo preguntándose de dónde salió esa furia. La respuesta, casi siempre, está en una escena parecida que se vivió a los cinco, a los ocho o a los doce años.

Hacer lo contrario tampoco alcanza

Hay una trampa muy tentadora para los que tuvieron infancias difíciles: pensar que con hacer todo lo opuesto alcanza. McCoubrey lo desmiente de raíz. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", advierte. Y agrega que quien se crió con rigidez puede terminar creyendo que cualquier frustración ya es traumática, y termina sobreprotegiendo sin darse cuenta.

La solución, para el psicólogo, no pasa por encontrar un punto medio matemático. Pasa por mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla", señala. "Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver". Esa distinción, mínima en la teoría y enorme en la práctica, marca la diferencia entre criar desde el presente y criar en piloto automático.

“A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto.”Maximiliano McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Lo que la mayoría de las madres y los padres esperan, en el fondo, es alivio: que alguien les diga que no están solos en esto y que la historia no los condena. McCoubrey lo dice a su manera: cambiar los patrones no implica no volver a equivocarse, sino reparar. Pedir una pausa, volver sobre lo que se dijo, reconocer que estuvo mal. La repetición automática se rompe cuando alguien, por primera vez, hace algo distinto. Lo que la hija de mi vecina Estela espera, lo que todos esperamos, es que esa primera vez llegue hoy.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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