Noventa minutos que no alcanzaron: la final se va a los penales y el oro sigue en el aire
Argentina y Paraguay empataron 0-0 en Rosario, con un palo de Jainikoski como gran reclamo albiceleste. La medalla dorada se define desde los doce pasos.
Una final de fútbol es como una cena familiar larga: uno se sienta con hambre, pasa el tiempo y, cuando se da cuenta, el plato principal nunca llegó. Anoche, en el estadio Marcelo Bielsa de Rosario, la Selección argentina y Paraguay ofrecieron noventa minutos de esos que dejan a cualquiera con la misma cara de expectativa que cuando esperás el colectivo en día de lluvia y el bondi no pasa.
El Verdinegro se fue con un 0-0 que no le cierra del todo, porque generó lo suficiente como para no haber llegado a esta instancia. Los del Pueblo Viejo, en cambio, terminaron conformes con el empate y hasta con una sonrisa torcida, porque jugaron los últimos minutos con diez por la expulsión de Thiago Fernández, que se fue a las duchas por acumulación de amarillas. Plantear la final con uno menos y sostener el cero tiene su mérito, aunque sea del tipo de mérito que uno no quiere repetir.
Los que entraron y sacudieron el arco
El segundo tiempo fue otra historia respecto del primero. Placente mandó a la cancha a Ramiro Tulián y a Facundo Jainikoski, y el equipo cambió la cara, como cuando abrís la heladera y aparece algo que te salva la noche. Tulián se recostó por la izquierda, metió un pase bárbaro y Jainikoski definió cruzado, pero abierto. Después, el propio Jainikoski recibió cerca del área y estrelló un remate en el palo: el grito se quedó atragantado en la garganta de la tribuna, como un mate que se enfría antes de llegar a la boca.
Hubo una combinación más entre Franco Domínguez y el propio Tulián que terminó en un disparo afuera. Paraguay, mientras tanto, respondió con lo que pudo: Pedro Zarza avanzó y le dio la pelota a Junior Gamarra, que probó de primera, pero Máximo Leguizamón, el dueño del arco argentino, estaba bien parado. El trámite se empantanó sobre el final, con acercamientos tibios de los dos lados y la sensación de que el gol no iba a caer nunca, como esas monedas que rodan por la mesa y nunca se quedan paradas.
El camino hasta acá y lo que viene
La Argentina había llegado a esta final después de un camino con más golpes que certezas: 1-0 sobre Uruguay, 1-1 con Venezuela (avanzó por diferencia de gol) y semifinal ante Perú con gol agónico de Santiago Espíndola. Paraguay, en tanto, venía de ganarle 1-0 a Chile en semis y, en el Grupo B, se había quedado con el clásico ante el Verdinegro por 2-1. Así que la lógica decía que la revancha estaba servida. Pero el fútbol, ya se sabe, tiene la mala costumbre de no leer los libretos.
En lo que respecta al bronce, Perú se subió al podio al vencer 2-1 a Chile, un resultado que les habrá dado aire a los incaicos y un dolor de cabeza adicional al equipo trasandino, que volvió a irse con las manos vacías, como ese pariente que siempre dice que a la próxima le va a ir mejor y nunca cambia la estrategia.
Ahora, todo se resuelve desde el punto penal, que es el Morse de las finales: uno manda el mensaje y el otro lo traduce como puede. Me reservo el derecho de errar el pronóstico, porque en estos mano a mano las predicciones valen lo que un paraguas al sol, pero si el Verdinegro mantiene la calma y la puntería no lo traiciona como le pasó a Jainikoski en el palo, el oro tiene chances de quedarse en casa. Igual, con uno menos y los penales como lotería, Paraguay ya demostró que vino a incomodar. La fiesta, por ahora, sigue incompleta.
