Jueves, 27 de agosto de 2026
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Poner límites a los chicos no es autoritarismo: es la forma más concreta de cuidarlos

Especialistas en crianza coinciden en que la ausencia de normas claras dificulta la regulación emocional y la tolerancia a la frustración. La clave, dicen, está en sostener la autoridad con presencia y sin violencia, sin caer en el extremo del capricho.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · 27 de agosto de 2026 · hace 1 h

Me lo contaba el otro día Mabel, acá en Chimbas, mientras esperábamos el bondi en la esquina de siempre. Me decía que ya no sabe qué hacer con su nieto de seis años, que cada vez que le dice que no la mire con esa carita larga y termina aflojando, siempre, hasta que un día se dio cuenta de que el chico se había hecho el dueño de la casa y ella, la abuela, había quedado a merced de cada berrinche. Lo contaba con una mezcla de cansancio y vergüenza, como si admitirlo fuera una confesión, y cuando terminó me dijo algo que se me quedó dando vueltas: yo no quiero ser la mala, pero tampoco quiero que este pibe crezca sin saber qué se puede y qué no. Esa es, justamente, la pregunta que hoy se hacen miles de familias argentinas que vienen reemplazando los gritos y los castigos por el diálogo y que, en el camino, se encontraron con un problema nuevo: cuando todo se conversa, a veces no queda nada firme sobre lo cual pararse.

Porque conversar, aclaran las especialistas, no es lo mismo que negociar. Y ahí aparece el primer punto donde muchas madres y padres se tropiezan. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay asuntos que se charlan en familia y asuntos que no, y la confusión entre una cosa y la otra suele ser el origen de buena parte de los conflictos cotidianos. Conversar no quita autoridad, al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso, resume la psicóloga.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La confusión viene de lejos y tiene nombre. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen vigentes como mapa para orientarse. Uno es el estilo autoritario, con reglas rígidas y poca escucha, donde el adulto manda y el niño obedece sin demasiado margen. Otro es el permisivo, donde sobran el afecto y la calidez pero faltan los límites, muchas veces porque al padre o a la madre le cuesta sostener un no y prefiere evitar el conflicto. El tercero es el democrático, también llamado autoritativo, que combina normas claras con diálogo y con mucha presencia afectiva, y que es el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio. La diferencia, insisten, no es un detalle técnico: define cómo se va a parar un chico frente a la frustración, la espera y los demás.

“El autoritarismo es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil

Por qué los límites son una forma de cuidado

La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias y con niños en consultorio, lo ve una y otra vez. Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad. Lo que la especialista describe no es un cuadro clínico raro ni un caso extremo: es lo que pasa en miles de casas donde el amor sobra, pero la estructura no termina de armarse nunca.

Lo que yo les digo a las familias que se acercan con esta preocupación, resume Raschkovan, es que los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración, que no aparece de forma espontánea sino que se aprende, y se aprende en casa, con adultos que se animan a sostener lo que dijeron sin gritar y sin romper el vínculo.

Esa es la parte que a Mabel, acá en Chimbas, más le costaba entender cuando empezamos a hablar: que poner un límite no es traicionar al niño, ni perderlo como aliada, sino exactamente lo contrario. Cuidar, en crianzas reales y no de manual, incluye bancarse el enojo de un chico que no entiende por qué no puede quedarse despierto hasta las dos de la mañana, y acompañarlo en ese enojo sin retroceder. Es esa presencia la que, según los especialistas consultados, va dejando una huella distinta a la del grito y a la del permiso absoluto. Y es, en definitiva, lo que muchos padres y madres sienten que están buscando cuando llegan al consultorio pidiendo una palabra que ordene un poco el día a día sin tener que romper nada en el camino.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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