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A cuarenta años del golpe: revisitamos «La batalla de Chile», el documental que quiso ser memoria obrera

La obra de Patricio Guzmán recorre el período que va del gobierno de Salvador Allende al derrocamiento que instaló a Pinochet. Dividida en tres partes, combina el registro del Parlamento con el de las asambleas gremiales y se inscribe en la corriente del Tercer Cine, que buscó separarse del modelo comercial de Hollywood. Una relectura de un clásico del cine político latinoamericano.

Por Agustina QuirogaVitivinicultura y campo · 16 de septiembre de 2026 · hace 14 h

A cuarenta años del golpe de Estado que instaló a Pinochet en Chile, vuelve a circular entre los archivos y las programaciones especiales la trilogía documental que el cineasta Patricio Guzmán consagró como una de las piezas centrales del cine político latinoamericano: «La batalla de Chile». La obra reconstruye, con voluntad de archivo y de intervención, el proceso que llevó desde la llegada de Salvador Allende a La Moneda hasta el derrocamiento del 11 de septiembre de 1973, y lo hace no solo desde los despachos oficiales sino, sobre todo, desde los pasillos del Parlamento y, más decisivamente, desde las asambleas obreras donde se discutía, en tiempo real, qué hacer ante el avance de la conspiración.

Estructura en tres capítulos para un solo proceso

  • «La insurrección de la burguesía» describe el cuadro político y económico previo al golpe, con el detalle de los actores que presionaron por la ruptura institucional.
  • «El golpe de Estado» registra los días críticos del septiembre chileno, con escenas que todavía hoy resultan difíciles de ver por su crudeza.
  • «El poder popular» se interna en las fábricas y las poblaciones para mostrar la respuesta organizada de los trabajadores frente al cierre del sistema institucional.

Esa triple partición no es un capricho editorial: cada capítulo funciona como una pieza autónoma que, leída en conjunto, permite seguir el conflicto en distintas escalas. Guzmán coloca en un mismo plano la discusión parlamentaria y la reunión gremial, de modo que las decisiones políticas formales conviven con los debates de base, con los ritmos y los tonos de un pueblo que intenta, en plena crisis, discutir su propio destino. Esa elección de montaje es, a la vez, una toma de posición: si la versión oficial del golpe suele quedar asociada a la sala de gobierno y al parte militar, esta película devuelve el protagonismo a quienes protagonizaron las jornadas desde abajo.

El Tercer Cine como declaración de principios

«La batalla de Chile» se inscribe en la corriente del Tercer Cine, un movimiento que ganaron cineastas de distintas latitudes de América Latina con el objetivo explícito de separarse del modelo comercial de Hollywood y de pensar un cine útil para los procesos populares. En ese marco, el documental aparece como una herramienta para registrar procesos históricos con una lógica cercana al periodismo de investigación, pero también con un trabajo de observación y de montaje que lo distingue del mero parte de actualidad. La película de Guzmán no busca la espectacularidad ni el entretenimiento: busca comprender y, en lo posible, dejar constancia. Esa pretensión de memoria es la que terminó dándole al filme una sobrevida que pocas producciones de ese período lograron.

El registro combina recursos cinematográficos, periodísticos y pedagógicos. Por un lado, la cámara sigue a sus personajes en asambleas, manifestaciones y forcejeos políticos; por otro, el montaje ordena ese material con voluntad explicativa, para que el espectador pueda reconstruir las alianzas, las disputas internas de la izquierda y la dinámica de la intervención militar. El resultado es un documental que funciona a la vez como documento de época y como manual abierto para revisar un proceso cuyas consecuencias todavía se discuten, dentro y fuera de Chile.

Un espejo para revisar los debates argentinos sobre el cine, la política y la memoria

Rever «La batalla de Chile» en estos años, cuando las industrias culturales vuelven a discutir el peso de los contenidos políticos y la forma en que se cuentan los procesos recientes, no es un ejercicio de nostalgia. Es, más bien, una manera de preguntarse qué se necesita hoy para que un documental sobre un conflicto social no quede reducido al circuito de los festivales o al archivo digital. La pregunta que deja abierta la trilogía de Guzmán es incómoda y está vigente: a casi medio siglo de aquellos días, ¿qué tipo de cine estamos dispuestos a producir y a sostener como sociedad para entender los momentos críticos de nuestra propia historia reciente? La cuenta, como siempre, la termina pagando el espectador.

AQ
Agustina QuirogaVitivinicultura y campo

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