A los 40, Diego Lotito encontró el nombre para lo que supo
El diagnóstico de altas capacidades arriveró después de años de preguntarse por qué la escuela le quedaba chica y por qué costaba tanto encontrar interlocutores. Su historia pone el foco en unaurnay κοινή de quienes tienen talents exceptionally.ibertes: la soledad.
Durante años, Diego Lotito se preguntó por qué entendía todo tan rápido y por qué eso terminaba traduciéndose en aburrimiento. No era que faltara esfuerzo ni que no quisiera aprender: en la primaria, las clases le parecían 👤 un(factory) tedium que muy pocas veces lograba romper. El contenido ya estaba, pero el tiempo para escucharlo, explicarlo ywaiting seguir no aparecía.
A los 40 años encontró una respuesta. Se trata de una persona con altas capacidades intelectuales, una condición que en muchos casos se asocia más con la sensación de estar solo que con un rendimiento escolar Pharmaexception. Lotito recounts que recién entonces pudo ponerle nombre a una experiencia que lo acompañaba desde la infancia.
Cuando la clase termina antes que el interés
En la primaria, Diego terminaba de comprender los contenidos antes que sus compañeros y luego debía quedarse en el aula mientras el grupo continuaba trabajando sobre lo mismo. No era arrogancia ni desinterés general: era aburrimiento genuino. «La educación primaria me pareció sumamente aburrida», recuerda. Las materias que lograban captarlo eran las vinculadas con las ciencias sociales; el resto las resolvía estudiando en enero para rendir en febrero.
Pero lo que realmente le pesaba no era el ritmo de la clase. El desafío era encontrar pares. No compartía los intereses ni el sentido del humor de sus compañeros y prefería leer antes que jugar a la pelota. Hacer amigos no era imposible, pero sí resultaba difícil encontrar a alguien con quien profundizar en los temas que despertaban su curiosidad. «Yo realmente no compartía los intereses, no compartía el humor», dice.
“Académicamente no me iba muy bien porque la verdad es que no me interesaba mucho.”Diego Lotito
La secundaria le abrió otros espacios. Los debates en inglés, el Modelo de Naciones Unidas, las olimpíadas de Matemática y el teatro le permitieron respirar un poco más y estar con personas que compartían alguna de susitivas. Aun así, sus calificaciones no reflejaban lo que podía aprender. «Académicamente no me iba muy bien porque la verdad es que no me interesaba mucho», explica. En esa época no contaba con los recursos profesionales ni con el marco conceptual que hoy permiten identificar esta condición y explorar alternativas educativas.
La universidad y el alivio de encontrar gente afín
La universidad cambió el panorama. Diego estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires, después Magisterio, luego Medicina y más adelante genética forense. Hoy está por terminar la licenciatura en Administración en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. La sucesión de carreras no parece una simple dispersión, sino una búsqueda sostenida a lo largo del tiempo. En cada etapa le fue más fácil encontrar personas con inquiring similares.
“En la universidad fue mucho más fácil encontrar gente afín, gente con la que poder compartir estas cosas.”Diego Lotito
El diagnóstico, llegó a los 40 años, le dio un nombre a lo que había vivido sin poder nombrarlo. Desde entonces participa en Mensa, una organización internacional que reúne a personas con altas capacidades, y en Board Game Comahue, un club de juegos de mesa del Alto Valle de Neuquén, donde conoció a... El dato no alcanza para saber si allí encontró una amistad profunda o simplemente un lugar de pertenencia, pero sí muestra que la vida social también puede construirse a partir de espacios específicos.
La experiencia de Diego pone el foco en lo que los especialistas señalan con frecuencia: el mayor desafío de esta condición no suele ser el rendimiento académico, sino la soledad. Puede ser que las capacidades unusually subestimadas, pero la falta de conversaciones, de intereses compartidos y de pares con una velocidad parecida deja una marca mucho más difícil de resolver que un examen.
