Saltar al contenido
Lunes, 5 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Turismo ›
Turismo /

Antártida a bordo: la aventura arranca en Ushuaia y se juega al ritmo del clima

Un CEO del sector repasa, en diálogo con este portal, qué hay que tener en cuenta antes de zarpar: desde la ropa por capas hasta la cabina que mejor tolera el movimiento del Drake. Todo lo que conviene saber para no quedar varado antes de subir al barco.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · · hace 1 h
Antártida a bordo: la aventura arranca en Ushuaia y se juega al ritmo del clima

Acá en Ushuaia, mientras el viento pega de frente sobre la rambla y los catamaranes del Canal Beagle vuelven al puerto, un puñado de viajeros hace fila con valijas pensando en algo muy distinto: cruzar el Pasaje de Drake y bajar a la Antártida. Teo Gounaris, CEO de Antarpply Expeditions, conoce esa escena de memoria y la repite cada verano austral. Por eso, antes de hablar de glaciares, pingüinos o témpanos, insiste con un consejo bien terrenal: hay que llegar a la ciudad fueguina uno o dos días antes del embarque. Un vuelo demorado puede dejar al pasajero mirando el muelle desde adentro de un remise, con el barco ya en marcha.

A esa altura de la conversación, Gounaris, que sabe lo que es perder una conexión por culpa del clima patagónico, enumera los papeles que no pueden faltar: seguro de viaje con cobertura adecuada y, sobre todo, revisar qué presta cada operador. Cada compañía, aclara, entrega un kit distinto: hay firmas que dan las botas impermeables, otras que sólo aportan el rompevientos, y algunas que obligan al pasajero a traer hasta los pantalones térmicos. Llegar con la ropa mal calculada es, según su experiencia, uno de los errores más frecuentes y más caros.

No hace falta ser explorador, pero sí tener movilidad

La gran pregunta que se repite en la oficina de Antarpply es si el viaje exige experiencia previa en la montaña o en el mar. La respuesta de Gounaris, en criollo, es que no: no se necesita currículum de andinista ni carnet de timonel. Lo que sí se necesita, subraya, es movilidad suficiente para subirse y bajarse de los botes neumáticos Zodiac sin hacer figura, y para caminar por costas irregulares, con piedras mojadas y pendientes que a veces son pura escarcha. Los mayores de 70, las personas con problemas de rodilla y quienes dependen de un bastón deben evaluar este punto con el médico antes de pagar la reserva.

Para la vestimenta, la regla de oro es la de las capas: ropa interior térmica, un polar intermedio y un abrigo exterior cortaviento e impermeable. Gounaris describe el contraste como una montaña rusa de temperaturas: en cubierta puede hacer cinco grados con viento helado, y al volver de un desembarco bajo el sol antártico, la misma persona termina en manga corta. La famosa cebolla, dice entre risas, no es un capricho de manual: es lo único que permite ir de un extremo al otro sin pasar frío ni ahogarse de calor.

Camarote: dónde dormir cambia la travesía

  • Sectores bajos y centrales del buque: el movimiento del Drake se siente menos y el sueño se respeta. Suelen ser cabinas más oscuras y sin ventanal al mar.
  • Cabinas superiores: mejores vistas y luz natural, pero las oscilaciones se perciben con más intensidad, sobre todo en noches de mar agitado.
  • Suites externas: la opción más buscada por parejas y por quienes viajan por primera vez al sexto continente, con balcón privado y espacio extra.
  • Camarotes interiores: alternativa más económica, pensada para pasajeros que priorizan las excursiones y usan la cabina sólo para dormir.

Después de zarpar de Ushuaia, el buque recorre el Canal Beagle y pone proa al Pasaje de Drake, ese tramo de unos 800 kilómetros que separa Sudamérica de la Península Antártica y que carga con fama de tormentoso. El estado del mar, aclara Gounaris, varía de traversée en traversée: hay salidas en las que el barco entra a la Antártida como si navegara por un lago, y otras en las que los platos del comedor se vuelven un problema. Mientras dura la navegación, el equipo de expedición ofrece charlas sobre geología, fauna, historia de los exploradores y, sobre todo, las estrictas reglas ambientales que rigen cada desembarco.

Una vez en aguas antárticas, Antarpply procura organizar hasta dos salidas diarias de unas tres horas cada una, siempre que el clima acompañe. Los Zodiac permiten acercarse a sectores costeros donde el buque no puede arrimar: desembarcos en playas de guijarros, caminatas sobre hielo consolidado, navegación silenciosa entre témpanos a la deriva y observación de fauna a la distancia que indica el protocolo. La avifauna del verano austral, recuerda Gounaris, incluye pingüinos de distintas especies, focas cangrejeras y de Weddell, cormoranes, petreles y, con un poco de suerte, ballenas Minke o jorobadas. Los avistamientos, aclara, nunca están garantizados: son un regalo del mar, no un derecho del pasajero.

El capitán tiene la última palabra

Aquí viene, quizás, la parte que más cuesta aceptar al viajero argentino, acostumbrado a que un cambio de planes se negocie en el mostrador de una agencia. En la Antártida no hay mostrador: las decisiones finales sobre el recorrido las toma el capitán, de acuerdo con el parte meteorológico, el estado del oleaje y la presencia de hielo. Puede ocurrir que un itinerario previsto de diez días termine con seis desembarcos en vez de ocho, o que una bahía soñada quede afuera del mapa por una tormenta inesperada. Gounaris lo dice sin vueltas: quien viaje inflexible, quien arme el viaje en torno a una sola postal, va a sufrir. Quien entienda que la Antártida se descubre al ritmo del clima, en cambio, va a volver fascinado.

“Está prohibido tocar o alimentar a los animales. Tampoco se puede llevar nada del continente ni dejar nada en él. Las distancias y los protocolos de bioseguridad se respetan siempre, en cada desembarco, sin excepción.”Teo Gounaris, CEO de Antarpply Expeditions

El buque con el que trabaja la firma, el Ushuaia, tiene capacidad para 90 pasajeros distribuidos en 46 cabinas y suites. Dispone de comedor, biblioteca, salón de observación y salón de conferencias, y es, en cierto modo, una pequeña ciudad flotante que durante diez o doce días se vuelve el único horizonte posible. Para Gounaris, que lleva años explicando el mismo viaje a familias, jubilados y grupos de amigos, el secreto está en llegar a Ushuaia con tiempo, leer la letra chica del seguro, elegir el camarote con la cabeza y no con la foto del folleto, y entender que, en la Antártida, la paciencia es la mejor mochila.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

Te puede interesar