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Claudia Piñeiro rescata del exilio a Manuel Puig y lo sube a un escenario porteño

La dramaturga convierte en pieza teatral "Maldición eterna a quien lea estas páginas", de Puig, y reflexiona sobre un texto que, según dice, "le habla al presente" con la fuerza de la palabra dicha en escena. La obra se estrenó el 23 de agosto bajo la dirección de Marcelo Moncarz.

Por Emilio BravoCultura y espectáculos · 7 de septiembre de 2026 · hace 2 h

"Yo creo que Manuel Puig quería ser director de cine. Y nunca pudo, porque le tocó ser novelista. Pero, en realidad, en todo lo que escribió hay una búsqueda teatral permanente". La frase es de Claudia Piñeiro y la dijo como si estuviera describiendo a alguien de su propia familia, de esos autores con los que uno se crió y a los que vuelve cada tanto para entender algo que todavía no tiene palabras. Esa imagen del escritor que quiso filmar y terminó escribiendo novelas que parecen libretos llega ahora a un escenario porteño de la mano de la propia Piñeiro, que acaba de estrenar una versión teatral de Maldición eterna a quien lea estas páginas, la novela que Manuel Puig escribió durante su exilio en Nueva York, en 1980, cuando ya era un autor reconocido pero también un desarraigado que miraba la Argentina desde la distancia.

El encuentro entre Piñeiro y este libro de Puig, según cuenta ella misma, no fue una búsqueda deliberada sino casi un accidente productivo. Hace unos años le pidieron que escribiera el prólogo para una reedición de la obra completa de Puig y entonces, obligada por el trabajo, tuvo que volver a leer esa novela que había leído décadas atrás, cuando era otra persona. Y ahí pasó algo que cualquier lector compulsivo conoce: un texto que en la juventud se había leído de una manera ahora se revelaba distinto, más rico, más urgente. "Cuando me senté a escribir el prólogo y lo releí con ojos de dramaturga —dice Piñeiro— me di cuenta de que la novela estaba casi enteramente construida como un diálogo entre dos personas, como un cruce de cartas larguísimo, larguísimo, larguísimo. Y entonces pensé: esto es una obra de teatro. Esto pide un escenario".

Dos sillas, un vagón de tren y la memoria que se borra

La historia que Puig escribió en su departamento neoyorquino es bastante simple en su planteo y muy poderosa en su desarrollo. Un argentino mayor, ya entrado en años, llega a un país que no reconoce, con una memoria que se le fragmenta, y entabla relación con un joven neoyorquino en un viaje en tren que dura una noche entera. En ese vagón, los dos terminan hablándose de cosas íntimas, de fracasos, de amores, de la vida que cada uno siente que se le escapa. Es un encuentro entre dos desconocidas generaciones, dos países, dos maneras de entender el mundo, con un duelo verbal que a veces parece un cruce de esgrima y a veces una conversación en un bar a las tres de la mañana, de esas en las que uno termina contándole al extraño lo que nunca le contó a nadie.

A Piñeiro lo que la deslumbró de ese texto, dice, es lo mucho que le habla al presente aunque haya sido escrito hace más de cuarenta años. "Me impresionó cómo le habla al presente el texto —cuenta la autora—. Hay cosas en esa novela que parecen escritas hoy. Puig tenía esa capacidad de captar la idiosincrasia de una clase media argentina que hoy es casi arqueológica, que ya no existe como existía entonces, pero que en el libro está viva, con sus códigos, su manera de hablar, sus cartas, sus formalismos. Y eso sigue diciendo cosas". Esa clase media que Puig retrató con bisturí, con ternura y con un oído absoluto para el modo en que esa gente hablaba en la Argentina de los años sesenta y setenta, es la que Piñeiro siente que se ha perdido, y por eso mismo le parece tan urgente recuperarla en escena.

“Todos somos claroscuros. El personaje mayor es duro, a veces hiriente, pero en escena, gracias al trabajo de Luis Campos, aparece una sensibilidad que la lectura a veces te oculta. Eso es lo lindo del teatro, lo que la página no siempre te garantiza.”Claudia Piñeiro

Un elenco de tres para una novela de dos

Para llevar esta novela al escenario, Piñeiro sumó a un equipo con el que viene trabajando hace tiempo. La dirección quedó en manos de Marcelo Moncarz, y el elenco se completa con tres nombres: Luis Campos, que interpreta al argentino amnésico; Mateo Chiarino, como el joven neoyorquino; y Luz Miraldi, en un papel que la propia dramaturga prefiere no develar del todo y que funciona como una presencia que irrumpe en el diálogo de los otros dos. La elección del elenco, según cuenta Piñeiro, fue una de las partes más disfrutables del proceso, porque le permitió ver cómo los actores leían la novela completa y le hacían preguntas que ella misma no se había hecho.

El estreno fue el sábado 23 de agosto, en una sala porteña que la autora describe como íntima, con pocas butacas, lo que hace que la experiencia de ver a estos dos personajes conversar toda una noche sea casi una experiencia de confesionario. "Es una obra para verla de cerca —dice Piñeiro—, porque lo que pasa entre estos dos personajes es algo sutil, son capas, son silencios, son cosas que se dicen a media voz. Si te sentás lejos, te perdés una parte importante de lo que está pasando".

  • Claudia Piñeiro, dramaturga y novelista, firma la adaptación teatral de Maldición eterna a quien lea estas páginas, de Manuel Puig.
  • La obra se estrenó el 23 de agosto bajo la dirección de Marcelo Moncarz.
  • El elenco está integrado por Luis Campos, Mateo Chiarino y Luz Miraldi.
  • La pieza recupera el diálogo central de la novela entre un argentino amnésico y un joven neoyorquino, escrito por Puig durante su exilio en Nueva York.
  • Piñeiro descubrió la teatralidad del texto mientras escribía el prólogo para una reedición de la obra completa del autor de Boquitas pintadas.

Para quienes todavía no fueron al teatro esta temporada y están buscando algo que valga la pena, esta adaptación es una buena excusa para acercarse a un Puig que muchos lectores no conocen del todo y para reencontrarse con una dramaturga como Piñeiro, que en los últimos años se ha consolidado como una de las voces más interesantes de la escena local. La obra funciona como una puerta de entrada a un autor que, cuarenta años después, sigue diciendo cosas que todavía necesitamos escuchar.

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Emilio BravoCultura y espectáculos

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