Comer en familia: el ritual cotidiano que enseña a los chicos a alimentarse mejor
Un consenso de especialistas argentinos en nutrición pediátrica pone el ojo en el momento de la comida: con quién se comparte la mesa, dónde y cuánto pesa tanto como lo que hay en el plato. La idea central es la comensalidad y atraviesa toda la crianza.
Acá en Chimbas, a las ocho de la noche, la rutina se repite como en casi cualquier casa de barrio: la pava empieza a silbar, los chicos se sientan en la mesa grande y la conversación se mezcla con el ruido de los cubiertos. Para Marta Suárez, vecina de la Villa del Carril y madre de tres, ese momento no es negociable: 'Aunque lleguemos cansados, cenamos juntos. Es la única forma de saber qué comieron en el día y de qué se quejan'. Esa escena, multiplicada por millones de mesas argentinas, es la que un grupo de especialistas decidió poner en el centro de la escena con un documento que acaba de presentarse en el país.
El consenso se llama NutreAR y lo desarrollaron los Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, más conocidos por la sigla PROFENI. Se presentó en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, y propone algo que a primera vista parece obvio pero que en la práctica se olvida seguido: que la alimentación de chicos y adolescentes no se define solo por lo que hay en el plato, sino por el momento en que se come, la compañía y el lugar.
La comensalidad, un concepto que cambia la mirada
El término que ordena toda la propuesta es comensalidad: todo aquello que rodea al acto de comer, desde quién se sienta a la mesa hasta cómo se distribuyen los tiempos de la jornada. Los especialistas insisten en que un nene de dos años, uno de diez y un adolescente de dieciséis tienen necesidades nutricionales distintas, y que la respuesta no puede ser la misma para todos. Por eso el consenso segmenta las recomendaciones por etapa y abre la puerta a algo todavía más delicado: el aprendizaje por imitación.
Cuando un chico ve a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, tiende a ampliar su propio repertorio. Lo contrario también es cierto: la selectividad alimentaria, esa costumbre de rechazar todo lo que no sea arroz con pollo o fideos con manteca, se vuelve mucho más difícil de revertir cuando no hay modelos cercanos que muestren opciones diferentes. La recomendación es casi de manual: ofrecer siempre algo nuevo y evitar que el menú de la casa se petrifique en cinco platos.
- Sostener al menos una comida compartida por día, idealmente la cena, porque es la que mejor se adapta a los horarios escolares y laborales.
- Entender que la familia no es solo la de sangre: cenar con amigos cumple la misma función que sentarse con padres o hermanos.
- Prestar atención al fenómeno creciente de los adolescentes que comen solos en su cuarto frente a una pantalla, práctica que se vuelve habitual a partir de los catorce o quince años y que reduce las oportunidades de construir vínculos en torno a la comida.
- Tener en cuenta que el comedor escolar, cuando está bien planificado con criterios nutricionales, y la vianda preparada en casa también forman parte de la educación alimentaria y suman opciones a la dieta cotidiana.
- Evitar consolidar menús demasiado restringidos y, en su lugar, incorporar con frecuencia alimentos nuevos para ampliar el repertorio de los más chicos.
Marta, la vecina de la Villa del Carril, resume lo que repite cualquier madre o padre con un poco de experiencia: 'En casa peleamos para que prueben la ensalada, pero cuando nos ven a nosotros servirnos, terminan pidiendo el plato'. En el fondo, eso es lo que el consenso viene a confirmar con respaldo científico: que la educación alimentaria empieza mucho antes que la lista del súper y se construye, sobre todo, en la mesa compartida. Para las familias, la expectativa es concreta: que el próximo bocado de un hijo se aprenda mirando el del padre, del hermano o del amigo, y no en soledad frente a una pantalla.
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