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Cuando el cuerpo se cansa de avisar: las señales del estrés que ya se instaló sin pedir permiso

Dormir mal, perder el hilo de una idea o explotar por una pavada suelen leerse como cosas de la edad o del ritmo de vida. Sin embargo, hay un punto en el que el agotamiento deja de ser pasajero y empieza a dejar huellas. Especialistas y estudios recientes marcan cómo reconocerlo antes de que pase factura.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · 11 de septiembre de 2026 · hace 19 h

Me crucé con Marta en la puerta del chino de acá en Chimbas, con la bolsa de pan bajo el brazo y cara de no haber pegado un ojo. Me dijo, así nomás, mientras buscaba cambio en la cartera: «Mirá, Rosana, yo me acuesto a las once, me duermo como una piedra a las dos y a las cuatro ya estoy mirando el techo pensando en boletas, en los chicos, en si cerré la canilla». Lo dijo con esa naturalidad que tenemos cuando naturalizamos algo que no es normal. Y ahí, mientras le sostenía la puerta para que pasara, pensé que esa frase es la postal exacta de lo que los especialistas hoy llaman estrés crónico: ese estado de alerta que ya no avisa con un suspiro, sino con un apagón silencioso de varias funciones básicas.

Una semana difícil no es lo mismo que vivir en alerta

Hay una diferencia enorme, y a veces invisible, entre atravesar una semana exigente y estar operando en modo supervivencia las veinticuatro horas. En la primera, el cuerpo se recupera el fin de semana, una buena noche de sueño o una sobremesa larga con los afectos. En la segunda, la rutina sigue en pie —uno llega al trabajo, responde mensajes, cumple con lo que hay que cumplir— pero por dentro funciona como un motor al que ya le están gastando los rulemanes. Lo advirtió, de hecho, una revisión publicada este año en la revista Frontiers in Psychology, que analizó 45 revisiones y más de 2.000 estudios: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos —atención, memoria, funciones ejecutivas— aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés sostenido. Un trabajo adicional, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, agregó que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y hasta el control de la conducta. O sea, no es un tema de voluntad ni de carácter: es biología que se desgasta.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés) vienen machacando con esto hace rato: el estrés que se prolonga en el tiempo deteriora el sueño, la concentración, el ánimo y la capacidad de tomar decisiones. Lo malo es que estos síntomas casi nunca aparecen juntos ni en bloque. Se presentan de manera dispersa, como pequeñas gotitas que uno va dejando pasar: te despertás a las tres de la mañana sin motivo, olvidás lo que ibas a decir a mitad de una frase, te irritás con una tontera que antes te resbalaba. Por separado parecen minucias. Sumadas, dibujan un patrón.

Por qué a veces no lo vemos venir

Una de las razones por las que este cuadro se nos pasa por encima es que la continuidad de la rutina funciona como señal engañosa. El afuera sigue mostrándose prolijo: uno llega a horario, contesta el teléfono, paga las cuentas. Pero del otro lado de esa fachada, el sueño viene fragmentado, la tolerancia a la frustración cae a pique y la cabeza necesita más esfuerzo que antes para tareas simples, como organizar el día, recordar un turno o decidir qué cocinar. Leah Doane, profesora de Psicología de la Arizona State University, lo explicó con una imagen que me quedó dando vueltas: cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos, y entonces organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes. Leer eso fue como leer en voz alta lo que me pasó el mes pasado, cuando tardé veinte minutos en encontrar las llaves que estaban en mi propia mano.

Señales para prestarle atención (sin volverse hipocondríaco)

  • Despertarse en la madrugada sin causa aparente, sobre todo entre las dos y las cinco de la mañana, y no poder volver a dormirse.
  • Olvidar conversaciones recientes, perder el hilo de una idea a mitad de una frase o tener que releer un párrafo varias veces.
  • Reaccionar con una intensidad que a uno mismo lo sorprende frente a estímulos menores: un comentario, una fila larga, un mensaje fuera de horario.
  • Sentir cansancio apenas suena el despertador, aun habiendo dormido las horas que uno cree necesarias.
  • Tender a postergar decisiones simples —qué comer, qué ponerse, qué responder— porque todo parece demandar un esfuerzo extra.
  • Dormir peor, tener sueño fragmentado y levantarse con la sensación de no haber descansado, ese runrún de cuerpo agotado pero mente activa.

El término «modo supervivencia» viene circulando fuerte en espacios de bienestar y, ojo, no es un diagnóstico clínico. Pero sirve, y mucho, para ordenar señales que tomadas de a una parecen insignificantes. Lo que importa, en definitiva, no es la etiqueta: es el patrón. Si varias de esas señales se repiten durante semanas y empiezan a rozar el ánimo, la convivencia o el laburo, conviene no naturalizarlas como «cosas de la edad» o «de la cuarentena». Como me dijo Marta antes de despedirse, con la bolsa del pan ya colgando del brazo: «Yo pensé que era normal, hasta que un día me di cuenta de que no me acordaba ni el nombre de la señora que me atiende en la farmacia». A veces la mejor manera de cuidarse es no dejar pasar tanto tiempo como ella dejó pasar.

Porque una cosa es atravesar un trimestre bravo y pedir un paro. Otra muy distinta es acostumbrarse a vivir con el motor prendido. Cuando el cansancio deja de ser pasajero y empieza a pedir cuentas, escucharlo a tiempo puede ser la diferencia entre una semana fea y un desgaste que, si se estira, termina pasando la factura en el cuerpo y en la cabeza. Y eso, acá en Chimbas, en Rawson o en cualquier barrio, no es un lujo: es cuidarse.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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