Cuando la palabra se escapa: claves para entender por qué ocurre y qué hacer antes de preocuparse
La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas explica cómo funciona el fenómeno conocido como punta de la lengua, qué recursos ayudan a recuperar el término justo y en qué momentos conviene consultar a un profesional.
Estoy acá, en pleno café de la tarde, escuchando a una vecina de toda la vida contarme la anécdota que le pasó ayer en la verdulería, y de pronto la veo fruncir el ceño, mover los labios como buscando algo en el aire y decirme, medio resignada: "Ay, mirá, lo tengo acá en la punta de la lengua y no me sale". Se ríe, claro, porque a sus casi sesenta y pico sigue siendo de las que salen a la calle, hablan con el verdulero, con la chica de la farmacia, con quien sea. Pero lo que a ella le pasa no es un capricho del cerebro ni un olvido sin importancia: es un fenómeno que la neuropsicología conoce bien, lo describe como "punta de la lengua" y, según cómo se presente, puede ser una simple distracción o una señal que merece atención profesional.
Por qué a veces se sabe qué decir pero no aparece cómo decirlo
Para entender lo que ocurre en ese instante en que el concepto está clarísimo pero el nombre no llega, lo primero que hay que saber es que nombrar algo no es un solo movimiento del cerebro, sino dos, bien diferenciados, que se encadenan uno detrás del otro. Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, lo explica con una imagen muy sencilla: primero se activa el significado de la palabra, es decir, la idea de aquello que se quiere nombrar, y después, recién después, se recuperan los sonidos que permiten pronunciarla. Cuando ese segundo paso se demora o se interrumpe por un instante, aparece la sensación tan familiar de tener el término "en la punta de la lengua": uno sabe de qué está hablando, podría dibujarlo, describirlo, usarlo, pero no consigue decir su nombre.
Ahora bien, ¿a quién le pasa esto? La respuesta corta es: a cualquiera. La respuesta larga, que es la que a mí me importa como ciudadana de a pie y como periodista de barrio, es que este fenómeno puede ocurrir a cualquier edad, aunque se hace más frecuente con los años y aparece sobre todo cuando hay cansancio, distracción o presión. La buena noticia, y acá me agarro de lo que dice la especialista para llevarme yo también un alivio, es que envejecer no implica necesariamente haber perdido la palabra: muchas veces el término aparece minutos después, cuando uno deja de forzarlo y la mente, más distendida, lo deja salir. Como cuando uno busca las anteojos y los tiene puestos, pero al rato, sin pensarlo, la mano los encuentra.
Recursos prácticos para recuperar la palabra en el momento
Cuando la palabra no aparece durante una charla, no hace falta quedarse en silencio ni sentir vergüenza: hay pequeños recursos que pueden ayudar a retomar la idea y seguir conversando sin que el intercambio se caiga. Sánchez Salinas propone algunos que vale la pena tener en cuenta, sobre todo para quienes, como me contaba Marta, acá en Chimbas, sienten que cada vez se les "traba" un poco más la lengua.
- Buscar un sinónimo: si no aparece el nombre exacto, probar con otro término que signifique algo parecido y permita seguir adelante.
- Describir aquello que se quiere nombrar: contar para qué sirve, qué forma tiene, de qué color es, dónde se usa. A veces, el rodeo lleva directo a la palabra.
- Pensar en la letra inicial: rastrear mentalmente con qué sonido comienza el término puede funcionar como una pista para que el cerebro termine de traerlo.
- Apelar a su utilidad o sus características: recordar si es algo que se cocina, que se lleva puesto, que se usa para trabajar, también ayuda a enfocar la búsqueda.
- Conversar sobre asuntos que interesen y contar las cosas con palabras propias: es un ejercicio cotidiano que obliga a recuperar conocimientos, ordenar ideas y sostener la atención en el intercambio.
- Disminuir las distracciones: hablar en un ambiente más calmo, sin tantas pantallas o ruidos de fondo, facilita concentrarse y mantener el hilo de la conversación.
Cuándo conviene consultar y qué se evalúa
Hasta acá, todo forma parte de la vida cotidiana: a cualquiera le puede pasar, y los recursos que mencioné sirven para salir del paso. El punto importante, y acá la especialista hace una distinción que a mí me parece clave, está en pasar de un episodio aislado a una dificultad que se repite y que empieza a complicar la comunicación de verdad. Sánchez Salinas recomienda consultar cuando encontrar las palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de uso habitual o cuando cuesta seguir el hilo de una conversación. También merecen atención los cambios notorios en el habla, sean advertidos por la propia persona o señalados por quienes la rodean, porque a veces uno no se da cuenta de lo que cambió hasta que un familiar o un amigo lo comenta con preocupación.
En esos casos, lo que corresponde es una evaluación clínica y neuropsicológica, que sirve para comprender mejor los síntomas y orientar el diagnóstico y el tratamiento. El criterio que se aplica es observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona hasta ahora y si interfieren en su vida cotidiana: si ya no se puede mantener una charla con los nietos, pedir un turno por teléfono, seguir el argumento de una película o hacerse entender en la farmacia, no es un tema menor y conviene abordarlo a tiempo.
Algo que me parece importante remarcar, y que a veces se pierde cuando uno se asusta, es que el envejecimiento no modifica todas las capacidades del lenguaje por igual. La especialista señala que con los años puede llevar más tiempo recuperar ciertos términos, sobre todo los nombres propios o las palabras que uno usa menos, pero la comprensión cotidiana, la de las conversaciones, seguir una noticia o entender un chiste, suele conservarse. Así que, si lo que le pasa es que de vez en cuando se le "esconde" una palabra, no se asuste: es la cabezapidiendo un poco más de tiempo, no una señal de alarma. Lo que sí vale la pena es prestar atención a la frecuencia, al contexto y, sobre todo, a lo que uno espera de su propia comunicación. Porque, como me decía Marta mientras se reía de su olvido en la verdulería, lo importante no es no olvidarse nunca de una palabra, sino saber cuándo una pausa es solo una pausa y cuándo es momento de pedir una mano.
