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El mar que devuelve lo que el tiempo se llevó: «Rose of Nevada», la película que quiere atraparte en su red de nostalgias y misterios

Por Emilio BravoCultura y espectáculos · 28 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Yo confieso que cuando vi el avance de «Rose of Nevada» me quedé pegado a la pantalla como cuando de pibe escuchaba a Litto Nebbia cantando «Sólo se trata de vivir» y sentía que la música me explicaba algo del mundo. Y esa misma sensación me recorre el cuerpo mientras les cuento esta película del director británico Mark Jenkin, el mismo que nos maravilló con «Bait» y que ahora vuelve a poner su ojo sobre los pueblos pesqueros de Cornualles, esa esquina del Reino Unido donde el mar parece comerse la tierra y los hombres pelean todos los días con la incertidumbre.

Antes que la película en sí, hay que imaginarse el lugar. Hay que pensar en un puerto inglés cualquiera, con casas de piedra gastada por la sal, con muelles que huelen a pescado y a madera vieja, con barcazas varadas esperando una marea que nunca termina de llegar. A ese escenario llega un pesquero que se llama igual que el filme, el Rose of Nevada, que había desaparecido treinta años atrás y que ahora vuelve como si nada, como un fantasma que se materializa de golpe en la costa. Y esa aparición rompe con la rutina del pueblo, porque para una comunidad costera un barco que regresa del fondo del tiempo no es un capricho: es una posibilidad concreta de volver a trabajar, de salir del ahogo económico que les aprieta la garganta.

«Dos Voluntarios para el Rose of Nevada»: la decisión que cambia todo

Y acá aparece el corazón de la historia, que son dos hombres con razones bien distintas para subirse a ese barco. George MacKay interpreta a un padre joven que necesita plata para arreglar el techo de su casa, ese techo que cuando llueve se transforma en una pesadilla de goteras y de noches en vela. Callum Turner es el otro tripulante, alguien que quiere escapar de su propia historia, que necesita poner distancia con algo que le pesa demasiado. Los dos son voluntarios que se embarcan en una aventura que mezcla lo fantástico con lo más terrenal del mundo: ganar un mango, llegar a fin de mes, sostener una vida.

Conseguir gente para tripular el barco no fue fácil para los habitantes del pueblo. Por eso cuando estos dos tipos levantan la mano, los reciben casi con alivio. Y acá Jenkin empieza a jugar con el tiempo, porque lo que viven estos personajes adentro del Rose of Nevada no es un viaje normal: es una experiencia temporal que los corre de eje, que los obliga a repensar qué están haciendo ahí y por qué. La película no te lo explica todo, te lo va mostrando con paciencia, como si fueran cuadros de un museo que uno va recorriendo en silencio.

«La textura del recuerdo»: el 16 milímetros como memoria viva

Acá viene otro de los grandes hallazgos de Jenkin: la decisión de rodar en 16 milímetros, con esa textura gastada que parece un álbum de fotos viejo. Las marcas en la imagen, esos gránulos que a veces vemos como defectos, acá funcionan como la prueba de que el tiempo pasó, de que hay algo que se gastó en el camino. El montaje se anima a romper la línea del tiempo, a mostrarnos escenas que no siguen un orden cronológico, y eso refuerza lo que les pasa a los protagonistas: ellos tampoco pueden ordenarse, no pueden entender qué les está pasando en un orden limpio de manual.

“«La falta de recursos convive con los peligros del trabajo en el mar, mientras la pesca sigue siendo una actividad de la que sus habitantes no pueden prescindir. Ese contexto económico forma parte de las decisiones de los personajes y del vínculo que mantienen con el lugar.»”Sobre el universo de «Rose of Nevada»

Lo que más me gusta de esta propuesta, y se los digo con el corazón en la mano, es que no se queda en el efectismo del género. Detrás del viaje temporal hay una reflexión muy concreta sobre lo que significa vivir en un pueblo costero del Reino Unido hoy, sobre la falta de recursos, sobre los peligros de meterse al mar a buscar el sustento, sobre esa relación casi de amor y odio con el agua que te da de comer y a la vez te puede llevar puesto. No es un filme que mira para otro lado: se arremanga y se mete en el barro de la economía cotidiana de esos pueblos.

Jenkin ya nos había mostrado ese mundo con «Bait», y en «Rose of Nevada» vuelve a convocar a intérpretes que vienen de sus trabajos anteriores, lo que le da al conjunto una sensación de continuidad, de comunidad artística que sigue explorando las mismas obsesiones. MacKay y Turner cargan con ese mundo sobre los hombros y le dan cuerpo a dos personajes que nos importan, que nos preocupan, a los que uno les toma cariño porque son de carne y hueso, no son héroes de historieta.

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Emilio BravoCultura y espectáculos

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