El veneno lento del rencor guardado: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa durante años
No es solo una carga emocional. La presión arterial sube, el sueño se rompe, las defensas caen y la fatiga se vuelve crónica. Un psiquiatra explica por qué el cuerpo paga la cuenta cuando la bronca no se va nunca.
Acá en Chimbas, doña Marta me recibió en la puerta de su casa con el termo bajo el brazo y una historia que arrastra desde hace más de veinte años. Una pelea con un hermano por la herencia de la madre, un reparto que ella sintió injusto, una pelea que nunca se cerró y que todavía hoy, cada vez que la recuerda, le sube la presión y le corta el sueño. "No lo puedo perdonar", me dice, mientras acomoda la silla en el patio. "Y cada vez que lo pienso, me tiembla todo por dentro". Lo que le pasa a doña Marta no es un capricho ni una exageración: es un fenómeno que los médicos conocen bien y que empieza a tomarse cada vez más en serio en los consultorios de San Juan y del resto del país.
Por qué no es lo mismo una bronca pasajera que un rencor instalado
La diferencia parece sutil, pero no lo es. La bronca aparece con fuerza ante un hecho puntual y se disipa en horas o en pocos días. El rencor, en cambio, es otra cosa: es volver una y otra vez sobre la misma ofensa, repasarla, darle vueltas, mantenerla viva con la misma intensidad con la que apareció, aunque hayan pasado años o incluso décadas. Puede haber nacido de una traición, de una injusticia en el trabajo, de una ruptura amorosa o de un conflicto familiar, como el de doña Marta. El problema es que mientras la cabeza sigue dando vueltas, el cuerpo no se entera de que el peligro ya pasó.
Lo que se rompe cuando el rencor se queda
- El corazón: la presión arterial sube de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como una amenaza activa. Eso aumenta el riesgo de enfermedad coronaria con el paso de los años.
- El sueño y las hormonas: el cortisol, la hormona del estrés, se mantiene elevado más tiempo del que corresponde. Eso altera el descanso, favorece la acumulación de grasa en la panza y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a problemas metabólicos.
- Las defensas: con los mecanismos de alerta siempre encendidos, el sistema inmunológico cede. Las defensas frente a infecciones bajan y aparece lo que los especialistas llaman inflamación de bajo grado, un proceso silencioso vinculado a enfermedades crónicas de distinto tipo.
- Los músculos y la cabeza: el cuello, la mandíbula y la espalda se tensionan de manera literal y no aflojan con el descanso. De ahí vienen muchas cefaleas tensionales que no tienen una causa médica clara. El aparato digestivo también se resiente, porque el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional.
- La energía: la fatiga que produce el rencor no se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, día y noche, una respuesta de emergencia que el cuerpo humano fue diseñado para que durara pocos minutos.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio. No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad puntual, pero sí para decir que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología
Yo entiendo a doña Marta cuando me dice que no puede perdonar. Perdonar no es fácil, y nadie tiene derecho a pedirlo como si fuera un trámite. Pero lo que sí queda claro, después de escucharla y de revisar lo que dice la ciencia, es que mientras la ofensa siga ocupando ese lugar en la cabeza, el cuerpo va a seguir respondiendo como si el peligro estuviera pasando en ese mismo momento. Y eso, con los años, pasa factura. A veces, el primer paso no es perdonar al otro, sino empezar a cuidarse uno mismo para que la cuenta no siga creciendo. Eso es, en el fondo, lo que doña Marta espera: poder volver a dormir una noche entera sin que el rencor la despierte.
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