"Érase una vez en Anatolia": el filme turco de casi tres horas que incomoda a quien busca vértigo
Nuri Bilge Ceylan convierte la búsqueda de un cadáver en las estepas turcas en una larga noche de conversaciones triviales y humanidad rota, sin el suspenso clásico de Hollywood. Disponible en Filmin.
Una comitiva policial atraviesa las estepas turcas de noche, con un fiscal, un médico forense, varios uniformados y dos sospechosos que enterraron un cuerpo después de una borrachera y no recuerdan dónde. Acompañamos a esa delegación desde el arranque, cuando el jefe de la comisión, el fiscal Naci, decide seguir adelante pese a que los acusados no dan señales de recordar el punto exacto. La cámara de Nuri Bilge Ceylan se pega al agotamiento, a los diálogos laterales, a las pausas largas, y construye con ese material apenas un poco más de dos horas y media de película: "Érase una vez en Anatolia", disponible en la plataforma Filmin.
Un punto de partida mínimo para una película deliberadamente lenta
El director, uno de los nombres centrales del cine de autor turco, toma una premisa casi espartana y la estira hasta el extremo. La situación es la siguiente: hay que encontrar un cuerpo en una zona vasta y semidesértica de Anatolia, de noche, con dos hombres que apenas si cooperan y con un grupo de funcionarios a los que el cansancio empieza a pasarles factura antes del amanecer. Lo que sigue no es una persecución ni una serie de revelaciones, sino una sucesión de conversaciones, esperas y rodeos en los que el crimen queda casi como excusa.
La película obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y está considerada una de las obras de referencia del cine turco contemporáneo. La elección estética es clara: el ritmo no se acelera para complacer al espectador, y la duración se justifica no por una trama enrevesada sino por una mirada que se detiene en cosas que otros filmes suelen cortar: una pausa antes de responder, la luz de un pueblo que aparece a lo lejos, el gesto cansado de alguien que ya vio demasiados muertos.
La tensión se construye con lo que no se dice
Lo que hace Ceylan en "Érase una vez en Anatolia" es invertir la lógica del thriller al que estamos acostumbrados. La angustia no aparece por los giros del plot ni por una revelación final, sino que se acumula escena a escena, frase a frase, con discusiones sobre la vida cotidiana, historias personales que los personajes sueltan como al pasar y silencios que pesan. El paisaje de la estepa turca funciona menos como decorado y más como estado de ánimo: una oscuridad en la que la comitiva se mueve casi a tientas, con linternas que apenas iluminan el camino.
El resultado es un filme que incomoda a quien llega esperando aceleración y recompensa, en cambio, a quien acepta sus condiciones. La pregunta que deja flotando no es quién mató a quién ni dónde está enterrado el cuerpo: es qué les pasa a estas personas que conviven a diario con la muerte, que acumulan cansancio y que van perdiendo la capacidad de mirarse entre sí mientras la noche avanza.
Disponible en streaming, para quien quiera prestarse al experimento
"Érase una vez en Anatolia" se puede ver en la plataforma Filmin, en un contexto donde el cine de autor turco tiene cada vez más espacio. La película exige un compromiso poco habitual: sentarse frente a la pantalla durante casi tres horas, dejarse llevar por un ritmo que privilegia la observación por encima de la intriga, y aceptar que el suspenso acá no viene del próximo giro del argumento sino de lo que se va acumulando dentro de uno mientras mira.
Para los lectores que se pregunten si vale la pena meterse en esta travesía nocturna, la respuesta corta es sí, pero con una advertencia: no esperen un policial clásico. Esperen, en cambio, una película que usa la búsqueda de un cadáver como excusa para radiografiar a un grupo de hombres agotados en medio de la nada. Después de los títulos finales, la sensación que queda no es la del corazón acelerado, sino algo más parecido a un cansancio compartido con quienes acabamos de acompañar en la búsqueda.
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