Jubilarse sin apagarse: qué le pasa a la cabeza y cómo cuidarla
Dejar el trabajo cambia rutinas, vínculos y desafíos. Un especialista repasa hábitos con respaldo científico para sostener la memoria y la atención después de los 60.
Dejar de trabajar no es sólo cambiar el despertador por un café sin apuro. Cuando alguien se jubila, el cerebro pierde de golpe cuatro cosas a la vez: un horario fijo, el contacto cotidiano con otras personas, problemas para resolver y una razón para levantarse por la mañana. Nicolás Fernández Miranda, magíster en neurociencia y autor de “Hackea tu Cerebro”, sostiene que esa pérdida tiene efectos que se pueden medir.
Según el especialista, un estudio realizado en el Reino Unido siguió a más de 3.400 empleados públicos antes y después de jubilarse. Los investigadores encontraron que el ritmo de deterioro de la memoria verbal se aceleraba un 38% tras dejar el trabajo. La clave, explica Fernández Miranda, no está en el trabajo en sí sino en la exigencia que traía consigo, y esa exigencia puede trasladarse a otras actividades.
El cuerpo como base
El primer hábito que señala es el ejercicio de fuerza. Una investigación de Teresa Liu-Ambrose, de la Universidad de British Columbia, siguió durante un año a 155 mujeres de entre 65 y 75 años. Las que entrenaron fuerza una o dos veces por semana mejoraron entre un 11% y un 13% en pruebas de atención, mientras que el grupo que hizo ejercicios de equilibrio no registró mejoras. El mecanismo tiene que ver con el músculo en actividad, que libera moléculas que estimulan la producción de BDNF, una proteína que favorece el crecimiento neuronal.
El sueño ocupa el segundo lugar. Séverine Sabia, del University College de Londres, siguió a casi 8.000 personas durante 25 años y encontró que quienes dormían seis horas o menos en la franja de los 50, 60 y 70 años tuvieron un 30% más de riesgo de demencia. Durante el sueño, el líquido que rodea las neuronas arrastra desechos celulares, entre ellos proteínas asociadas al Alzheimer.
La mentalidad importa
Becca Levy, de la Universidad de Yale, midió durante décadas el efecto de la actitud frente al envejecimiento. Las personas con una visión positiva vivieron en promedio siete años y medio más, y en un estudio con 4.765 participantes tuvieron un 44% menos de riesgo de demencia. La explicación, según el material, es funcional: quien cree que “ya está grande para esto” deja de exigirse, y el cerebro desactiva lo que no usa.
Qué actividades sí entrenan
Caminar de forma regular hace crecer el hipocampo, la zona donde se forman los recuerdos nuevos, según un estudio de Kirk Erickson, de la Universidad de Pittsburgh.
