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La dinastía que inventó la pinta negra: Netflix se mete en la cocina de los Guinness y revive la pelea por la herencia más cara de Irlanda

La plataforma estrena una serie de ocho capítulos centrada en el vacío de poder que dejó la muerte de Benjamín Lee Guinness en 1868 y que volvió a poner a la cerveza más famosa del mundo en el centro de una disputa familiar con ribetes de tragedia griega, atravesada por el contexto social y político de la Irlanda del siglo XIX.

Por Agustina QuirogaVitivinicultura y campo · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Con el pulso narrativo de quien ya sabe cómo se cuentan las guerras de gueto y los pactos entre gángsters, Steven Knight, el creador de Peaky Blinders, se sube ahora a una historia distinta pero igual de áspera: la pelea intestina que se desató en el seno de la familia Guinness cuando en 1868 cayó muerto en Dublín Benjamín Lee Guinness, el patriarca que había convertido una cervecería fundada por su padre en el motor económico de buena parte de Irlanda. Esa herencia, que se repartía a la vez entre cuatro hijos, una fábrica monumental, una flota de barcos y un nombre que en las tabernas de medio mundo ya era sinónimo de stout, es el punto del que parte La casa Guinness, la nueva serie de ocho episodios que acaba de desembarcar en Netflix con la promesa de mostrar cómo se cocina un imperio desde la cocina, o más bien desde la trastienda, cuando la plata pesa más que la sangre.

Dublín, 1868: el muerto, los hijos y el imperio que quedaba en el aire

La serie arranca en Dublín, en el momento exacto en que la muerte de Benjamín Lee Guinness deja a sus herederos frente a la urgencia de decidir quién se hace cargo de un negocio que en esa época ya era mucho más que una fábrica de cerveza: era una empresa con intereses inmobiliarios, bancarios y sociales, capaz de mover a trabajadores, funcionarios y obispos con la misma naturaldiad con la que movía lúpulo y cebada. Lo que podía haber sido una sucesión ordenada se transforma, según la producción, en una cadena de disputas por la herencia, ambiciones cruzadas y secretos de familia que amenazan con quebrar el apellido desde adentro, con los hermanos Arthur y Edward Guinness instalados en el centro de las decisiones que van a definir el rumbo de la cervecería y de todo el conglomerado que la rodeaba.

El relato no se queda en el living de la mansión Guinness. La producción se ocupa de mostrar la Irlanda del siglo XIX como lo que era: una sociedad profundamente desigual, atravesada por tensiones políticas que iban mucho más allá de una disputa entre accionistas, con campesinos que apenas sobrevivían y una elite que concentraba la tierra, el capital y el apellido. Esa tensión es la que, según la propia serie, termina funcionando como combustible del conflicto familiar, porque cuando hay tanto dinero y tanto peso simbólico en juego, cualquier decisión empresaria se lee también como una decisión política.

  • Steven Knight, creador de Peaky Blinders, firma la serie como showrunner y vuelve a apostar por el drama de época con violencia y conflicto de clase incluidos.
  • Anthony Boyle, Luis Partridge y Emily Fairn encabezan el elenco en los papeles centrales de la familia Guinness, la verdadera.
  • Fionn O'Shea, Jack Gleeson, Niamh McCormack, Danielle Galligan y Ann Skelly completan un reparto irlandés y británico que busca darle densidad a cada rama del árbol genealógico.
  • La serie tiene ocho episodios, se ubica entre 1868 y los años siguientes y reconstruye la pelea sucesoria como si fuera una tragedia griega con pinta de stout.
  • El contexto social y político de la Irlanda del XIX funciona como telón de fondo: hambre, tensiones con Londres y una sociedad que miraba a los Guinness con una mezcla de admiración y resentimiento.

Knight, que ya demostró en Peaky Blinders que sabe filmar ascensos sociales violentos, familias que se devoran entre sí y ciudades que huelen a humo de fábrica, repite aquí casi la misma fórmula, solo que esta vez no hay callejones de Birmingham sino muelles de Dublín, no hay gangsters sino herederos, y la bebida que circula por las escenas no se destila en alambiques clandestinos sino que se sirve en jarras que ya entonces se reconocían a kilómetros de distancia. La casa Guinness usa entonces el nacimiento del imperio como excusa narrativa para algo que en el fondo interesa más que el negocio mismo: qué pasa puertas adentro de una familia cuando hay mucho dinero, mucho apellido y muchas decisiones pendientes, y cuando cada uno de los hijos cree que tiene la razón suficiente como para quedarse con la parte más grande del negocio.

Queda por verse si la serie logra sostener durante ocho capítulos algo que el material de base apenas esboza: que la disputa por una herencia, en el fondo, nunca es solo una pelea entre familiares, sino un espejo de cómo una sociedad entera decide quién se queda con la riqueza que ella misma contribuyó a producir. En un país que hoy sigue discutiendo qué hacer con los apellidos que amasaron fortunas a costa de generaciones enteras, esa pregunta, aunque la serie no la haga en esos términos, se filtra igual entre los barriles.

AQ
Agustina QuirogaVitivinicultura y campo

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