La mano que alcanza y el miedo que se va: lo que dice la ciencia sobre tocar y ser tocado
Una investigadora argentina en Neurociencias Afectivas repasa cómo un abrazo, una caricia o simplemente apretar la mano de alguien puede cambiar lo que sentimos. También cuenta por qué las cosquillas no son lo mismo cuando uno se las hace solo y por qué en algunos países la distancia para hablar es otra.
Acomodate en la silla, porque lo que viene es de esas cosas que uno da por sentadas y sin embargo tienen una explicación más profunda de lo que imaginamos. Tomar la mano de alguien que tiene miedo, abrazar a un nene que está asustado o simplemente apoyar la palma en un hombro en medio de una mala noticia: todo eso, dice la ciencia, modifica lo que pasa adentro del cuerpo. Y no es una idea poética ni una frase de libro de autoayuda. Es lo que investiga, desde hace años, Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, que trabaja en esa frontera donde la piel se conecta con el cerebro y el cerebro con las emociones.
Salamone lo explica así: cuando alguien siente miedo y otro lo acompaña con la mano, ese contacto no es un simple gesto de consuelo. Tiene efectos medibles. Sobre todo en los más chicos. "Los chicos que están en una sala de espera y le toman la mano a un familiar, a un padre o a una madre, ven disminuido su nivel de ansiedad", cuenta la especialista, que conoce de cerca esos estudios y los toma como punto de partida para entender algo mucho más grande.
Por qué tocar calma: lo que pasa entre la piel y el cerebro
El tema central del trabajo de Salamone es justamente ese: cómo lo que pasa sobre la piel se traduce en cambios en la actividad cerebral, en la médula espinal y en respuestas del organismo que tienen que ver con el estrés y la relajación. Una caricia, un masaje, una mano sosteniendo a otra: todo eso entra por receptores específicos, viaja por el sistema nervioso y termina modificando reacciones fisiológicas. No es magia. Es biología, aunque a veces parezca magia.
Y acá viene uno de los puntos más interesantes que toca Salamone: no es lo mismo tocarse uno mismo que ser tocado por otro. "Tocarse el pelo o acariciarse la barba son formas de autocontacto que tienen el mismo sentido, regular las emociones", explica. Pero cuando interviene otra persona, el cerebro procesa la sensación de manera distinta. Hay algo del intercambio con el otro que nos llega de un modo diferente, aunque la caricia parezca igual.
“Las cosquillas son un buen ejemplo para entender esto. Si uno intenta hacerse cosquillas solo, el cerebro ya anticipa el movimiento: sabe dónde va a tocar, cuándo y cómo. Esa predicción baja la sorpresa y por eso la sensación pierde intensidad. En cambio, cuando otro nos hace cosquillas, aparece la incertidumbre, el no saber exactamente qué viene, y eso las hace más intensas y, sobre todo, más compartidas. Son parte del juego y del vínculo.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
A tres metros y en el colectivo: cómo la cultura marca la distancia
Acá en Chimbas, en Rawson, en cualquier barrio de los nuestros, la gente se saluda con un beso, se abraza sin demasiado preámbulo y se toca el hombro cuando quiere dar consuelo. Pero no en todos los lugares del mundo se vive igual. Salamone cuenta que cuando estuvo trabajando en Suecia, le llamó la atención algo tan simple como conversar: "Con un colega hablaba a tres metros de distancia", recuerda. Y eso, dice, no significa que los suecos sientan distinto. "Las distancias en el espacio personal no tienen que ver con las emociones sino con la cultura, con las reglas de cercanía de cada sociedad", explica.
Una de las líneas de trabajo más llamativas que tiene Salamone hoy en la Argentina es la del equipo Tango-i Lab, donde se investiga la relación entre el contacto, el cuerpo y un fenómeno particular: la despersonalización, esa sensación de que uno se siente extraño, como separado de sí mismo. "Investigamos cómo el contacto, cómo el tango en particular, puede modificar los síntomas de despersonalización", cuenta. Suena lejano, pero toca un punto que a cualquiera le puede resonar: cómo nos vinculamos con nuestro propio cuerpo a través del otro.
Y queda flotando, aunque todavía sin respuesta cerrada, otro interrogante que la pandemia dejó abierto: qué efecto tuvo en nosotros todo aquel tiempo sin poder abrazarnos. Salamone no tiene una conclusión definitiva, porque es lo que se está investigando ahora mismo. Pero la sola pregunta ya dice bastante: que el cuerpo lo registró, aunque todavía no sepamos exactamente cómo.
Entonces, la próxima vez que estires la mano para alcanzar a alguien que la pasa mal, pensá esto: no es un detalle menor. Es una de las formas más viejas, más simples y más efectivas que tenemos de decir acá estoy, sin palabras. Y la ciencia, mientras tanto, sigue tratando de entender por qué funciona tan bien.
