La misma casa, dos infancias: por qué los hermanos guardan recuerdos que no se parecen
Aunque hayan compartido techo, mesa y apellido, cada hijo nace en un momento distinto de la vida de sus padres. Las diferencias en la crianza explican por qué las memorias familiares no siempre coinciden y cómo procesarlo en la adultez.
Acá en Chimbas, una vecina llamada Marta me contaba el otro día una situación que le viene dando vueltas desde hace meses. Se juntó a cenar con su hermano mayor y, cuando salieron los recuerdos de la infancia, se quedaron los dos mirándose sin entenderse. El hermano decía que su padre era un hombre distante, que casi no hablaba en la mesa. Ella, en cambio, recordaba al mismo hombre sentado a su lado todas las noches, contándole cuentos antes de dormir. Dos personas, la misma casa, los mismos apellidos, y sin embargo dos infancias que parecían no haber ocurrido en el mismo lugar.
No es un capricho de la memoria ni una discusión sin sentido. Hay razones muy concretas por las que esto pasa, y entenderlas puede aliviar más de un conflicto que aparece cuando los hermanos ya son grandes y empiezan a comparar lo que cada uno guardó de la crianza.
Los padres no son los mismos con cada hijo
La psicóloga Ana Paula Rivadero lo explica con una frase que dice mucho: los padres no son exactamente los mismos con cada hijo. Y la razón es bastante lógica si uno se detiene a pensarlo. Un padre o una madre de 25 años no es la misma persona a los 40. En el medio pueden haber pasado duelos, crisis de pareja, problemas de plata, cambios de trabajo, enfermedades. Cada hijo llega al mundo en un momento distinto de esa historia y, por lo tanto, conoce una versión distinta de quienes lo criaron.
“Los padres no son exactamente los mismos con cada hijo. Ellos también cambian, atraviesan duelos, crisis, separaciones, dificultades económicas, cambios laborales y transformaciones en la pareja.”Ana Paula Rivadero, psicóloga
El lugar que cada uno ocupa en la familia
A eso se suma algo que los especialistas llaman el rol dentro de la dinámica familiar. Desde muy chiquitos, los hermanos suelen quedar etiquetados de alguna manera: el responsable, el sensible, el que necesita más ayuda, el exitoso, el rebelde. Esas etiquetas, que a veces se reparten sin que nadie lo decida de manera consciente, van tiñendo la experiencia de cada uno y la forma en que procesan lo que les toca vivir.
- El responsable: el que cargaba con las tareas del hogar y el cuidado de los demás.
- El sensible: el que lloraba seguido y al que se le prestaba más atención emocional.
- El que necesitaba ayuda: el que por algún motivo recibió acompañamiento extra, por una enfermedad, por ejemplo.
- El exitoso: el que traía buenas notas o logros y era señalado como ejemplo.
- El rebelde: el que se llevaba los límites más estrictos y las discusiones más largas.
Un trabajo de la revista científica The Journals of Gerontology entrevistó a 1.369 adultos de 498 familias y encontró que la mayoría de los hermanos criados bajo el mismo techo recuerdan de manera diferente el vínculo con sus padres durante la infancia, sobre todo en lo que se refiere al afecto que recibieron, la disciplina que les tocó y los conflictos que se vivieron en la casa.
Qué hacer cuando los recuerdos no coinciden
Acá viene lo más interesante, y lo que más me hizo pensar mientras investigaba esta nota. Rivadero advierte que intentar determinar quién tiene razón casi nunca resuelve nada. Sería más útil, dice, abandonar esa pregunta y reemplazarla por otra: qué significa para cada uno aquello que recuerda. El conflicto, entonces, no aparece porque uno mienta y el otro diga la verdad, sino porque ambos vivieron experiencias genuinamente distintas a partir de los mismos hechos.
Lo que Marta espera de ese cruce con su hermano no es que uno de los dos cambie su versión. Es, en todo caso, entender que las dos son ciertas, que las dos les pertenecen, y que la diferencia no mide amor ni lealtad. Mide, simplemente, el lugar que cada uno habitó en esa casa, el momento de la vida de sus padres que les tocó en suerte y la historia que cada quien se construyó a partir de eso. Saberlo, dice Rivadero, suele alcanzar para bajar el tono de las discusiones y empezar a mirarse con un poco más de paciencia.
