Jueves, 10 de septiembre de 2026
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La salud mental de los chicos se rompió en mil pedazos y nadie los está juntando

Síntomas que se multiplican en aulas, consultorios y guardias, profesionales que faltan y un sistema que llega tarde: el mapa de una crisis que se cuenta en autolesiones, noches sin dormir y promesas rotas de un Estado que todavía no sabe cómo acompañar.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · 10 de septiembre de 2026 · hace 58 min

Acá en Chimbas, a las ocho de la mañana, cuando la directora abre la puerta del salón y prende la luz, ya sabe que va a encontrar a algún chico durmiendo en el banco, a otro que no paró de rascarse los brazos durante toda la noche y a una nena que otra vez se quedó sin desayunar porque en la casa no había nada. Esa escena, que podría parecer propia de una escuela cualquiera, se repite de punta a punta del país y, en cada caso, detrás del pupitre hay un chico que está gritando de una manera que todavía no aprendimos a escuchar.

Lo que llega a las escuelas y a las guardias

En los consultorios, en las guardias hospitalarias y en las aulas se repite un patrón que los profesionales ya reconocen de memoria: chicos que no logran conciliar el sueño, que dejaron de comer o que por el contrario lo hacen de manera compulsiva, que se aíslan del resto, que se marcan el cuerpo o que, en el peor de los casos, dicen en voz alta que no quieren seguir viviendo. Cada uno de esos síntomas, según coinciden los equipos especializados, llega envuelto en una historia que muchas veces tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.

Marta, que vive en el barrio Rawson y trabaja como preceptora hace más de veinte años, me cuenta mientras ordena el aula que la primera vez que vio a una alumna con cortes en los antebrazos pensó que era un capricho de adolescente. Después, cuando se animó a sentarse a su lado en el recreo y a preguntarle qué le pasaba, se enteró de que la chica convivía desde chica con la pareja violenta de su madre y de que nadie, nunca, le había preguntado cómo estaba. Ahí entendí que el problema no era la nena, me dice Marta, era todo lo que le habían permitido en silencio.

Violencias que se cargan en silencio

  • Las estimaciones de UNICEF indican que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los 18 años; entre los varones, la proporción baja a 1 de cada 11.
  • Buena parte de esas experiencias permanecen silenciadas porque nunca encontraron un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida.
  • A esas violencias se suman maltratos cotidianos, situaciones de negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registradas en ningún expediente.

A ese cuadro ya de por sí alarmante se le agregó en los últimos años una dimensión nueva que pesa fuerte en la vida de los pibes: las pantallas. Los profesionales relatan que cada vez más niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que promueven conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que muestra hasta qué punto el juego on line dejó de ser una excepción para convertirse en una preocupación cotidiana. Para muchos de esos chicos, el uso intensivo de las pantallas no es simplemente un hábito: en una cantidad importante de casos funciona como refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir.

El aprendizaje como termómetro

Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más para mirar el problema de fondo. Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad para tolerar la frustración, que son exactamente los recursos que se agotan cuando toda la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono.

Un sistema que llega tarde y en pedazos

Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, muchas veces se topa con una pared: servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera tan largos que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención, además, llega fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, mientras tanto, queda atrapado en el medio de un circuito de informes e intervenciones en el que corre el riesgo de perderse como persona. Esa es, en definitiva, la parte de la crisis que más duele: no es solo que los síntomas se multipliquen, sino que el Estado todavía no logra articular una respuesta que esté a la altura de lo que esos pibes necesitan mientras todavía hay tiempo de acompañarlos.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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