Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores del CONICET
Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, autores de (Des)Conectados, describen los mecanismos que mantienen la mirada pendiente del teléfono y cómo esa espera constante termina comiendo recursos de la atención y la memoria.
Son las diez de la noche en una casa de Chimbas y el teléfono queda boca abajo sobre la mesa. A los pocos minutos, alguien lo gira, lo mira y vuelve a dejarlo. No había sonado. No había vibrado. Tampoco había un mensaje esperando. Y sin embargo, la mano fue igual a la pantalla, como si el aparato tuviera algo pendiente que todavía no llegó. Esta escena, que se repite en miles de hogares argentinos, tiene una explicación mucho más concreta de lo que parece y dos investigadores del CONICET se animan a desarmarla en su último libro.
La expectativa de recibir avisos nos juega una pasada
Para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, autores de (Des)Conectados, esa sensación de que el celular acaba de avisar algo, aunque no haya avisado nada, no es un descuido ni una manía sin importancia. Lo que ocurre, explican, es que el cerebro queda pendiente de una recompensa: la aparición de un mensaje, un like, una respuesta, una señal de que el otro se acuerda de nosotros. Y como está pendiente, termina confundiendo cualquier roce de la ropa, cualquier ruido cercano, con la vibración que espera.
El FOMO y por qué pega más fuerte en los adolescentes
Una de las claves del libro es lo que los especialistas llaman FOMO, la sigla en inglés del miedo a quedar afuera. Para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones que ocurren en las pantallas puede sentirse como quedar afuera del grupo. Y esa preocupación, detallan Ballarini y Bonnin, no se queda solo en lo digital: también abarca las actividades que se están perdiendo y los intercambios en los que no pueden participar. Por eso, para muchos chicos, dejar el celular en el bolsillo no es guardar una herramienta: es ausentarse, por un rato, de un lugar donde están sus amigos.
María Inés, vecina de Rawson y madre de tres, me lo cuenta mientras corta el pan para el desayuno: “A mi hija de catorce la retó la maestra porque estaba pendiente del grupo del aula. Yo le dije que dejara el teléfono en la mesa, y me dijo que la dejaban afuera de todo. Ahí entendí que para ella no era un juego, era un tema del grupo”. Esa frase sintetiza, sin saberlo, lo que los investigadores describen en el libro.
Qué le pasa a la atención cuando estamos pendientes de las pantallas
El costo de esa espera, sostienen los autores, no es abstracto. Estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos cognitivos disponibles para concentrarse en lo que ocurre alrededor. Ballarini y Bonnin vinculan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención. En otras palabras: cuando buena parte de la cabeza está pensando en lo que puede llegar al celular, queda menos resto para lo que está pasando en la mesa, en la escuela o en la oficina.
- Sentir el teléfono vibrar y descubrir que no llegó ningún aviso es una experiencia frecuente y tiene una explicación neurocientífica.
- El FOMO, el miedo a quedarse afuera de las conversaciones digitales, pega más fuerte en los adolescentes, para quienes equivale a quedar fuera del grupo.
- Estar pendientes del celular reduce los recursos disponibles para la memoria y la atención cotidiana.
- Reconocer la dependencia no pasa solo por contar cuántas veces se desbloquea la pantalla: también por advertir la preocupación constante por perderse algo.
- Para los autores, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta, sino como ausentarse por un rato de un espacio de encuentro.
El libro de Ballarini y Bonnin, publicado por Editorial CONICET, propone mirar los hábitos digitales de la familia con una pregunta que parece simple y resulta incómoda: cuánto espacio ocupa el teléfono en nuestra atención, incluso cuando lo dejamos a un lado. La respuesta, para los autores, es bastante más grande de lo que la mayoría está dispuesta a admitir. Y ese primer reconocimiento, dicen, es el punto de partida para empezar a recuperar algo de lo que las pantallas se llevan sin pedir permiso.
