"The Gentlemen" se anima a más: la segunda temporada que le puso cuerpo y alma al Duque de Halstead
Theo James vuelve a ponerse el traje de Eddie Horniman en una entrega que se corre de la comedia negra para meterse de lleno en el thriller de poder, con mafia italiana, política británica y el peso cada vez más agobiante de ser el patrón de un imperio que no para de crecer. Recorremos lo que se viene en los nuevos capítulos de la serie de Guy Ritchie.
"Yo quiero ser el patrón, no el heredero que firma lo que otros escriben". La frase no está dicha así, textualmente, en los nuevos capítulos de "The Gentlemen", pero bien podría ser el motor íntimo que mueve a Eddie Horniman a lo largo de toda la segunda temporada, que ya está disponible en Netflix y que se anima a ir bastante más lejos de donde se había quedado la primera entrega, tanto en oscuridad como en ambición narrativa.
Antes de meternos en el barro, vale la pena recordar el punto de partida, porque la serie lo da por sabido y uno como espectador agradece llegar con la lección aprendida. "The Gentlemen" arrancó en 2024 como una historia de Netflix creada por Guy Ritchie, una vuelta de tuerca del universo de la película del mismo nombre, aunque con personajes y trama propios. Theo James interpretaba a un duque inglés que, casi sin querer, se topaba con una descomunal plantación de marihuana debajo de su mansión ancestral y terminaba cayendo de cabeza en el negocio familiar de los Glass, una suerte de dinastía criminal británica dedicada al cannabis. La primera temporada funcionó como una comedia negra con acento muy británico: diálogos filosos, violencia estilizada, personajes excéntricos y un protagonista que se las arreglaba para ensuciarse las manos sin dejar de peinarse con raya al costado.
"Everybody's Gonna Be Happy": el día después de la fiesta
La segunda temporada abre con un Eddie Horniman que ya no es el aristócrata educado que entró por accidente al narcotráfico, sino un tipo con manchas de aceite en el traje, alianzas nuevas en la mira y una pregunta bastante incómoda revoloteándole en la cabeza: si quiere ser el patrón, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar? La serie arranca con un salto temporal de tres meses y deja ver, capítulo a capítulo, cómo se llegó al momento en el que vemos al Duque malherido, arrastrándose por un campo embarrado. Esa decisión narrativa es una de las mejores cosas de la temporada: en lugar de contar todo de manera lineal, el relato va y viene, deja pistas y obliga al espectador a reconstruir el rompecabezas.
Eddie ya está integrado al imperio de los Glass y mantiene una relación cada vez más estrecha con Susie Glass, la hija de Bobby, que en la primera temporada había sido una de las grandes sorpresas del elenco. Pero ahora la complicidad entre ellos no alcanza: Eddie quiere expandirse, recuperar tierras alrededor de la finca para ampliar la producción, llevar el negocio fuera del Reino Unido y, sobre todo, dejar de pedir permiso para cada decisión. El cannabis legal, la política británica y las alianzas con actores del crimen internacional aparecen como herramientas de un plan que, en el papel, parece impecable. Y, sin embargo, todo empieza a crujir cuando aparece el primer obstáculo serio: Bobby Glass, el patriarca, más preocupado por su despertar espiritual que por readecuar el negocio a los nuevos tiempos, se niega a acompañar las ambiciones de su yerno putativo.
En ese choque generacional, la serie encuentra su mejor drama. Bobby ya no quiere mancharse las manos, pero tampoco está dispuesto a soltar el control absoluto. Eddie, mientras tanto, empieza a entender una ley no escrita del mundo que acaba de adoptar: los buenos modales, en el narcotráfico, se leen como debilidad, y acumular poder es, básicamente, dejar de permitir que otros decidan por uno. Esa transformación del personaje, de gentleman a patrón, es el corazón de la temporada, y Theo James la trabaja con una sobriedad que le sienta muy bien: menos sonrisa cínica, menos ironías a lo Hugh Grant, más mirada calculadora y silencios que dicen más que los diálogos.
"Bella Ciao": la mafia italiana como nuevo motor del relato
La gran incorporación de esta segunda entrega es la mafia italiana, que llega de la mano de dos personajes pensados para romper el equilibrio de poder y obligar a Eddie a reinventarse una vez más. Marco Moretti, interpretado por el italiano Sergio Castellitto, es un mafioso de manual, con esos gestos de hombre que está acostumbrado a que todo se incline a su paso, y Cico Maldini, a cargo de Michele Morrone, aporta la cuota de imprevisibilidad y de músculo joven que la trama necesitaba para no quedarse en la disputa doméstica entre Eddie y Bobby. Entre los tres, Eddie, Bobby y Moretti, se arma un triángulo de poder que la serie administra con paciencia y con un humor cada vez más seco, menos slapstick y más ironía de manual.
- Eddie Horniman (Theo James): el Duque ya no pide permiso y empieza a entender que los buenos modales, en este negocio, cotizan en baja.
- Susie Glass (Kaya Scodelario): la hija de Bobby se consolida como socia estratégica y como el principal cable a tierra emocional del protagonista.
- Bobby Glass (Ray Winstone): el patriarca, más preocupado por su espiritualidad que por el negocio, se convierte en el principal freno de las ambiciones de Eddie.
- Marco Moretti (Sergio Castellitto): el mafioso italiano que llega para mover el tablero y obligar a los Glass a negociar desde otra posición.
- Cico Maldini (Michele Morrone): la cuota de imprevisibilidad y de fuerza joven que introduce la nueva camada criminal europea.
Lo que mejor hace Guy Ritchie en estos ocho nuevos episodios es correrse a tiempo del lugar en el que lo dejó la primera temporada. Mantiene intactas sus marcas de fábrica, el espectáculo visual, la violencia estilizada, el humor negro que es casi un sello personal, pero las pone al servicio de una historia que, esta vez, habla en serio sobre el poder y sobre lo que le hace a la gente que lo acumula. La transformación de Eddie Horniman, de gentleman con título nobiliario a patrón con las manos cada vez más sucias, se parece más a la de Tony Soprano o a la de Tommy Shelby que a la de cualquier duque de comedia de enredos: cuanto más control gana sobre su entorno, más difícil parece la salida, y más caro se vuelve el peaje.
¿Hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible? La serie no responde la pregunta de manera explícita, y hace bien: la deja flotando, como una amenaza, mientras los créditos de cada episodio bajan sobre una guitarra sucia y una imagen que, ahora sí, huele a despedida. Para quienes quieran volver a sentarse en la butaca del living y sumarse a la conversación, los ocho episodios de la segunda temporada de "The Gentlemen" ya están disponibles en Netflix, con opción de doblaje al español rioplatense y subtítulos en castellano. La cita ineludible, esta vez, no es en una finca inglesa sino en una mesa larga, con un vaso de whisky, una pistola sobre la madera y la sensación bastante concreta de que, en esta familia, las cenas ya nunca más van a ser lo que eran.
