Aftas en la boca: por qué aparecen, cuándo se van solas y en qué momento conviene llamar al médico
Las úlceras bucales son molestas y comunes. La mayoría se resuelve en una o dos semanas, pero hay formas, tiempos y señales que obligan a pedir turno antes de seguir esperando.
Me llama por teléfono Marta, acá en Chimbas, y me dice con ese tono de quien ya peregrinó por todas las farmacias del barrio: "Rosana, mirá, tengo la lengua llena de fuegos, ya no sé qué buchehacerme ni qué comer, y el domingo tengo el asado familiar". Le pregunto hace cuánto. "Como dos semanas, che, y no se me va". A Marta le digo lo que voy a contar acá: la mayoría de las aftas se curan solas, pero hay un punto en el que la espera deja de ser prudencia y empieza a ser riesgo.
Qué son y cómo se las reconoce
Las aftas -o úlceras bucales, como las llaman los manuales- son lesiones chiquitas que aparecen en la mucosa de la boca: del lado de adentro de las mejillas, debajo o encima de la lengua, en las encías, en el paladar blando o en la cara interna de los labios. Casi siempre tienen un centro blanquecino, gris o amarillento rodeado por un borde rojizo, y muchas veces avisan con ardor u hormigueo un día antes de asomar. Un dato que vale la pena repetir: no son lo mismo que el herpes labial. El herpes sí va por fuera de los labios y se contagia; las aftas, no.
Los tamaños y los tiempos que importan
La más frecuente es la afta menor: redondita, superficial, dolorosa pero llevadera, y se va sin dejar marca en una o dos semanas. Después está la afta mayor, más profunda, más rebelde, que puede tardar hasta seis semanas en cerrar y a veces deja cicatriz. Y existe una tercera variante, menos común, formada por un racimo de ulceritas chiquitas que tienden a juntarse. Cuando alguien me dice "tengo una llaga en la boca que no se me cura", lo primero que miro mentalmente es cuánto hace que la tiene y de qué tamaño es.
Por qué salen: lo que se sabe y lo que se sospecha
No hay una sola causa, y eso es lo que vuelve al tema tan enredado. Entre los desencadenantes mejor documentados están los traumatismos: morderse la mejilla por las apuradas, un cepillado de dientes que parece que uno está fregando una olla, los brackets que rozan, una prótesis mal adaptada, una pizza con el queso hirviendo. También aparecen ligadas al estrés, al cansancio y a los cambios hormonales de la menstruación o el embarazo. Y hay un capítulo nutricional que pesa: carencias de hierro, ácido fólico, zinc, vitaminas del complejo B y vitamina D aparecen una y otra vez en los estudios. Un metaanálisis publicado en 2024 en la revista BMC Oral Health encontró que las personas con aftas recurrentes tenían con más frecuencia déficit de vitamina B12, bajas reservas de hierro medidas por ferritina y niveles bajos de hemoglobina. Los propios autores aclaran que asociación no es causalidad, y que en algunos indicadores la evidencia todavía es limitada.
Cuando la afta es la pista de algo más grande
Cuando las lesiones son muchas, vuelven una y otra vez, o aparecen junto con síntomas en otros lados del cuerpo, hay que pensar que la boca puede estar avisando de algo más. Entre las enfermedades que se asocian están la celiaquía, la enfermedad de Crohn, el lupus, la enfermedad de Behçet, la artritis reactiva, infecciones virales, bacterianas o por hongos, y estados de defensas bajas, incluido el VIH/sida. No es para asustarse de entrada, pero sí es razón suficiente como para sentarse frente a un profesional y contar la historia completa, no solo la llaga.
Señales de alerta: cuándo dejar de esperar
- Una llaga que sigue abierta más de dos o tres semanas sin mejorar.
- Lesiones que aparecen repetidamente, varias veces al año.
- Aftas muy grandes, más profundas de lo habitual, o que se extienden hacia los labios.
- Dolor intenso que impide comer, hablar o dormir con normalidad.
- Síntomas asociados: fiebre, diarrea, lesiones en la piel, ojos rojos o pérdida de peso sin causa clara.
- Sangrado de la lesión o cambios en su aspecto que no estaban antes.
Vuelvo a Marta. Le expliqué todo esto por teléfono, le insistí con que una afta de dos semanas ya no entra en la categoría de "se va sola", y le recomendé pedir turno con un odontólogo o con un clínico que pueda pedirle un análisis de sangre básico -hierro, ferritina, B12- antes del asado del domingo. La escuché suspirar del otro lado de la línea y me dijo, medio en chiste medio en serio: "Menos mal que te llamé, pensaba que era stress y me iba a aguantar hasta Año Nuevo". Acá en Chimbas, como en cualquier barrio, la cultura del "ya se me va a pasar" suele ganar de goleada. Pero cuando la boca lleva más de quince días protestando, lo más sano es escucharla.
