Cuando el chat se vuelve un campo de batalla: por qué insistimos en leer entre líneas y qué proponen dos psicólogas para salir de ese loop
La escena que se repite en cualquier living
Acá en Chimbas, son pasadas las diez de la noche y el teléfono queda boca abajo sobre la mesa. Del otro lado, un mensaje que dice "ok" y nada más. Mi vecina Mabel, del barrio La Estación, me contaba el otro día con la taza de té en la mano: "Mi marido me contestó un seco y ya estuve toda la noche pensando que estaba enojada". La pregunta que sobrevuela la mesa es la misma que se formulan miles de parejas: ¿qué quiso decirme, en serio, con ese par de palabras?
Lo que parece un detalle menor es, en realidad, el punto de arranque de un mecanismo mental que las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño describen con precisión clínica: la sobreinterpretación de mensajes. No es un capricho ni una exageración: es un modo de funcionar del cerebro cuando la información escasea.
Lo que pasó, lo que imaginé: la primera distinción clave
Para la neuropsicóloga Karina Carreño, el primer paso es bien concreto: separar el hecho del significado. Que haya escrito un par de líneas, o que haya tardado, es algo comprobable; que esté enojada, molesta o distante, es una interpretación. "Que la pareja haya contestado con pocas palabras es un dato; que esté molesta es una suposición", resume la especialista, y esa diferencia es la que abre o cierra la puerta a una discusión.
La propuesta, entonces, no es negar lo que se siente, sino regular la ansiedad antes de responder. Preguntar, aclara Carreño, sirve para bajar la incertidumbre y desactivar la reacción de alerta. Y suma un dato que a veces cuesta aceptar: no siempre se puede tener una explicación en el momento justo en que aparece la inquietud. Aprender a convivir con esa espera también es parte del trabajo.
En vez de descifrar al otro, mirarse uno
La psicóloga Marina Mammoliti corre el foco hacia otro lado. En lugar de concentrarse en adivinar qué piensa la otra persona, sugiere prestar atención a qué nos pasa a nosotros frente a ese silencio o esa respuesta corta. "Ese cambio de foco es lo que permite interrumpir la interpretación permanente y volver a una conversación directa", señala.
La idea suena simple, pero no lo es: pide detenerse cuando el impulso es, justamente, escribir de inmediato. Pide reconocer si lo que está debajo del enojo es miedo al abandono, inseguridad, baja autoestima o el peso de una infidelidad anterior. Cuando hay herida previa, una necesidad de estar a solas puede leerse como indiferencia, aunque la realidad no tenga nada que ver con eso.
Por qué el cerebro completa lo que no sabe (y cómo se retroalimenta la trampa)
Carreño lo explica con una metáfora que se entiende rápido: cuando falta información sobre los sentimientos o pensamientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos. Para llenar ese hueco recurre a experiencias pasadas, a los propios miedos y a las inseguridades. Así, una demora de veinte minutos termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que sostenga esa conclusión.
El circuito, agregan ambas especialistas, se retroalimenta. La conjetura dispara una respuesta tensa; la respuesta tensa del otro confirma, aparentemente, la sospecha; y la sospecha, ahora "verificada", alimenta la próxima interpretación. El resultado: discusiones por situaciones imaginadas y pedidos reiterados de seguridad que van erosionando la confianza. La propuesta concreta para salir de ese loop se puede resumir en tres movimientos:
- Distinguir el hecho del significado antes de responder, para no reaccionar sobre una suposición.
- Reconocer la emoción propia, en lugar de dedicarle toda la energía a descifrar al otro.
- Preguntar de manera directa, con la expectativa de que no siempre habrá respuesta inmediata, y aceptar esa espera sin convertirla en condena.
En definitiva, lo que estas dos profesionales ponen sobre la mesa no es un manual para leer mejor los chats, sino una invitación a revisar el diálogo interno. Porque, como me decía Mabel mientras se servía otra taza, "a veces el problema no es lo que él me escribió, sino todo lo que yo me imaginé mientras él escribía". Y ese, parece ser, es el verdadero punto de partida.
