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Por qué algunos amanecen con el sueño intacto y otros con la cabeza en blanco

Una investigación siguió durante quince días a 217 adultos y encontró que la edad, la divagación mental y la calidad del sueño de cada noche pesan más bien que el azar bien a la hora de despertar con el recuerdo de lo soñado.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · 8 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Son las seis de la mañana y la alarma todavía no sonó, pero acá en Chimbas, doña Marta ya está sentada en la mesa con la taza de café entre las manos. Me cuenta que anoche soñó con la casa de su infancia en San Luis, con el patio de tierra y la parra llena de uvas. Lo dice con una nitidez que parece de película. Su vecina del 412, en cambio, se levanta todos los días preguntándose si habrá soñado o no, porque de la noche no le queda nada, ni una imagen, ni una emoción, ni siquiera la sospecha de que algo pasó detrás de los párpados.

Siempre pensé que esa diferencia era cuestión de suerte, de si a uno le toca el sueño bueno o el sueño malo, como si fuera un sorteo. Un estudio reciente publicado en la revista Communications Psychology vino a desarmar esa idea y a mostrar que no, que no es el azar el que decide si una se acuerda de lo que soñó o si se levanta con la cabeza en blanco.

Cómo lo investigaron

Lo que hicieron fue seguir durante quince jornadas seguidas a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes anotaban si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle podían reconstruir lo vivido. En paralelo, el equipo de investigadores iba juntando datos demográficos, psicológicos y del sueño a través de dispositivos de monitoreo y de pruebas específicas.

Lo que apareció fue un mapa bastante preciso de los factores que inclinan la balanza. No hay uno solo, sino varios que se van sumando, y lo más interesante es que algunos dependen de la persona y otros dependen de cómo durmió esa noche puntual.

  • La actitud atenta hacia los propios sueños: las personas que se interesan por lo que sueñan y están pendientes de eso tienden a recordarlo más.
  • La tendencia a la divagación mental, es decir, esa costumbre de la mente de irse por las ramas, de encadenar pensamientos sueltos en lugar de quedarse clavada en una sola tarea, también juega a favor del recuerdo.
  • La edad modifica la facilidad para retener lo soñado al despertar, y lo hace de manera progresiva, no de un día para el otro.
  • La vulnerabilidad a la interferencia, que es la facilidad con que un estímulo de afuera, como la luz, el ruido o el primer pensamiento consciente, entra antes de que el recuerdo quede consolidado y lo borra de un plumazo.

Dos experiencias distintas

Hay una diferencia que el estudio dejó bien marcada y que a mí me hizo ruido. No es lo mismo recordar el contenido concreto de un sueño, con sus escenas, sus personajes y sus emociones, que tener lo que los investigadores llaman el sueño blanco. Eso es despertar con la certeza de que algo pasó durante la noche, con esa sensación de que uno soñó, pero sin poder recuperar ni una imagen, ni una frase, ni una cara.

Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar algo que parece una obviedad pero no lo es: soñar y recordar lo que se soñó son dos cosas distintas. Una cosa es que el cerebro haya montado su película nocturna, y otra muy distinta es que al despertar esa película siga proyectándose en la memoria. A veces el proyector se apaga antes de que arranque la función.

Cómo dormiste esa noche

En cuanto a la estructura del sueño, los investigadores encontraron que quienes tenían episodios de descanso más largos, con menor proporción de sueño profundo (la etapa que los especialistas llaman N3, asociada a la recuperación física y cerebral) y mayor presencia de fases más livianas, despertaban con más recuerdos de lo que habían soñado. Las etapas de sueño más superficial parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada.

Lo que me llevo de todo esto, y lo que creo que vale la pena compartir, es que esa diferencia entre doña Marta, que se desayuna con el sueño entero servido en bandeja, y su vecina del 412, que se levanta sin saber si soñó o no, no es una cuestión de suerte ni de mejor o peor memoria. Es una combinación de a quién se le prestó atención durante el día, de cómo se durmió esa noche y de cuánto le entró por la ventana antes de que el recuerdo se terminara de armar. Entender eso, de algún modo, también es una forma de cuidarse el sueño, porque si uno sabe que cualquier distracción de mañana puede borrar lo soñado, tal vez empiece a tratar esos primeros minutos de vigilia con un poco más de cuidado y de silencio. Al final, lo que uno espera al despertar es poder de reconstruir esa pequeña película que el cerebro armó mientras el cuerpo descansaba.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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