A dos años de su partida, Manu Fanego revive la herencia teatral de su padre Daniel con un gesto que repite antes de cada función
El actor compartió fotografías familiares, recuerdos de infancia y una costumbre heredada de su padre, a quien despidió en septiembre de 2024. La publicación reabre el vínculo entre dos carreras que se cruzaron en escenarios y camarines.
Antes de salir a escena, Manu Fanego golpea las tablas del escenario con el puño cerrado, una vez, dos veces, como quien pide permiso o despabila a los fantasmas que habitan los teatros. Ese gesto, que aprendió mirando a su padre cuando era todavía demasiado chico como para entender por qué los actores hacen cosas raras antes de que se levante el telón, se convirtió con los años en una suerte de saludo íntimo, en una manera de llevar a Daniel Fanego al escenario sin que estuviera físicamente presente. Y fue, precisamente, la imagen con la que su hijo eligió homenajearlo al cumplirse dos años de su muerte, ocurrida el 19 de septiembre de 2024, cuando el actor y director atravesaba los 69 años y dejaba una trayectoria que combinó el teatro independiente, la pantalla grande y la televisión abierta con una coherencia artística que pocos pueden exhibir.
Una infancia entre telones y mastik
En la publicación que Manu compartió en sus redes sociales, las fotografías se ordenan casi como un álbum familiar en el que conviven escenas privadas y profesionales. Aparece allí un abrazo de Daniel con Manu cuando este era apenas un nene, una postal de padre e hijo frente al mar en algún verano que el tiempo volvió dorado, y un retrato reciente, tomado poco antes del fallecimiento, en el que se adivian los gestos que el hijo heredó y el cansancio sereno de quien cierra un ciclo. También asoma una imagen que no pertenece al mundo del espectáculo, sino al de las escuelas primarias: una presentación escolar por el Día de la Bandera en la que Manu tuvo que caracterizarse de alguien mayor, y en la que Daniel se sentó a su lado para ayudarlo a preparar el texto, practicar la postura y resolver los detalles del maquillaje, para lo cual recurrieron al truco más artesanal del teatro pobre: talco espolvoreado sobre el pelo para fingir canas, bigotes postizos sostenidos con mastik, ese adhesivo espeso y de olor inconfundible que forma parte del aprendizaje sensorial de cualquier actor argentino.
“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego
El cruce de dos carreras en un mismo escenario
El vínculo entre ambos no se construyó únicamente en la cocina de la casa ni en los camarines escolares: tuvo también un punto de inflexión profesional que los llevó a compartir escenario, y nada menos que en 2012, cuando padre e hijo participaron de la obra El vuelo del Cóndor, incluida en el ciclo Teatro por la Identidad, en la que ambos interpretaron distintas etapas de la vida del actor Pablo Podestá. Tiempo después, en una publicación por el Día del Padre, Manu describió aquel trabajo como una experiencia irrepetible, en la que se cruzaron la admiración profesional y la familiar, y en la que el aprendiz terminó descubriendo, quizás con algo de incomodidad, que el maestro envejecía y que el oficio, en lugar de separarlos, los había terminado de unir.
- El vuelo del Cóndor (2012), en el ciclo Teatro por la Identidad, donde ambos interpretaron a Pablo Podestá en distintas etapas de su vida.
- El marginal, la serie de Underground que mostró a Daniel Fanego en uno de sus papeles más recordados de la última década.
- El reino, el thriller político de Netflix en el que compuso a un personaje clave del elenco.
- Resistiré, producción emblemática de la televisión argentina de los años 2000.
- Luna de Avellaneda, la película de Juan José Campanella ambientada en un club de barrio en crisis.
- El Ángel, el filme de Luis Ortega que reconstruyó el caso del asesinoCarlos Robledo Puch.
El homenaje digital recuperó, de ese modo, mucho más que una sucesión de recuerdos: puso en escena la genealogía artística de una familia que entendió la actuación como un oficio que se transmite de generación en generación, con sus ritos, sus supersticiones, sus olores a adhesivo y a polvo de talco. Al cierre del mensaje, Manu anunció que almorzaría con su hermana Camila para recordar a Daniel, una sobremesa que probablemente incluyó anécdotas, risas y ese tipo de silencios que solo se permiten entre hermanos que comparten un mismo duelo y una misma herencia. La pregunta que queda flotando, mientras el teatro argentino sigue buscando nuevos públicos y nuevos relatos, es cuántas de esas herencias silenciosas, las que no se escriben en los manuales de actuación, logran sobrevivir cuando se corta el hilo que las une de un escenario al otro.
