Diez cuadras de fila por cuarenta puestos en Ezeiza: el rostro visible de un mercado laboral que sigue sin registros
Una distribuidora alimenticia del sur del conurbano bonaerense desbordó sus previsiones cuando una convocatoria para cubrir alrededor de 40 vacantes reunió a cientos de postulantes antes de las ocho de la mañana; la escena reabrió el debate sobre la precariedad que aún golpea a amplios sectores del país, en un contexto en el que casi la mitad de los puestos siguen sin registro formal según el INDEC.
Lo que debía ser una mañana más de reclutamiento en una distribuidora alimenticia del sur del conurbano bonaerense terminó convertida en una postal pocas veces vista en los últimos tiempos, porque fueron nada menos que diez cuadras las que tuvo que atravesar la fila de postulantes que desde la noche anterior aguardaba una oportunidad en la localidad de Ezeiza. La empresa Cabaña Santa Marta había anunciado en sus redes sociales que recibiría currículums a partir de las ocho de la mañana en Reconquista 654, y la respuesta superó con creces cualquier cálculo razonable para cubrir alrededor de 40 vacantes, una cifra que ilustra con crudeza el tamaño del drama laboral de fondo que atraviesan miles de familias del Área Metropolitana de Buenos Aires.
Según se desprende del material disponible y de los testimonios recogidos, la difusión a través de Instagram y Facebook fue la principal vía por la que los postulantes se enteraron de la convocatoria, lo que confirma que las plataformas digitales se han convertido en el gran portal de empleo para quienes no tienen acceso a otros circuitos. La firma solicitó documento de identidad, currículum impreso y un formulario disponible en línea, aunque también aclaró que entregaría copias en papel durante la espera para que nadie quedara afuera por no haber podido completar el trámite digital, un detalle que habla a las claras del tipo de público al que estaba dirigida la búsqueda.
Un perfil diverso detrás de cada currículum
Los rostros que compitieron por un lugar eran tan variados como elocuentes de lo que está ocurriendo en el mercado de trabajo. Hubo jóvenes de 18, 19 y 20 años que buscaban su primer empleo formal, muchos de ellos todavía cursando el secundario, junto con personas con experiencia en atención al cliente, cocina, construcción y comercio, e incluso trabajadores que ya cuentan con alguna ocupación, aunque precaria o de corta duración. Una joven que cursa enfermería dijo que necesitaba ingresos para sostener sus estudios, mientras que un joven de apenas 18 años que había pasado por la construcción, la cocina y la mecánica explicó que esperaba conseguir "la primera oportunidad en blanco", y agregó: "Más que nada si no tenés el secundario completo o estás cursando", una frase que resume la sensación de postergación que comparten cientos de miles de jóvenes del conurbano.
El dato que nadie quiere mirar
El trasfondo de la escena lo aportan los datos del INDEC correspondientes al segundo trimestre de 2026: casi la mitad de los puestos de trabajo del país siguen sin registro formal, una estadística devastadora que vuelve inseparable lo anecdótico de lo estructural, porque cada una de las personas que aguardó durante horas en Ezeiza no hace más que confirmar con su presencia la magnitud de un mercado laboral que está lejos de haber logrado la formalización que se propuso como objetivo cualquier política económica seria. La escena también dejó al descubierto otro fenómeno menos comentado: hubo postulantes que ya cuentan con ingresos, aunque sin estabilidad, como el hombre de 41 años que se acercó a pesar de estar empleado porque buscaba algo "más estable", o como la mujer que lleva más de seis años trabajando sin registro, cobra alrededor de 600.000 pesos mensuales, paga la cobertura médica de su propio bolsillo y apenas llega a fin de mes, lo que demuestra que la precariedad no distingue entre quienes están ocupados y quienes están desempleados, porque en demasiados casos estar ocupado en la Argentina equivale a una formalidad administrativa que el bolsillo no siente.
Pretensiones salariales y la pregunta que queda abierta
- Un postulante de 18 años estimó que necesitaría cerca de 1.200.000 pesos mensuales para conquistar mayor autonomía frente a su familia.
- Otros mencionados hablaron del salario mínimo vital y móvil como referencia mínima aceptable.
- Varios coincidieron en que cualquier monto debía permitirles al menos cubrir servicios, alimentos y gastos del hogar.
- La mayoría sostuvo que la prioridad era acceder a un empleo registrado, incluso aunque la oferta salarial no fuera elevada.
Mientras tanto, la escena se repitió en otros puntos del conurbano: muchos de los que se acercaron provenían de localidades cercanas como Tristán Suárez, El Jagüel, Luis Guillón, Carlos Spegazzini y Esteban Echeverría, lo que revela que la búsqueda de un puesto en blanco ya trasciende las fronteras de cada municipio y se ha convertido en una movilización regional que recorrió varios partidos bonaerenses. La convocatoria volvió a poner sobre la mesa un interrogante que las estadísticas del INDEC formulan y que la realidad de Ezeiza se encarga de graficar con elocuencia: si una empresa con alrededor de 40 vacantes consigue congregar a cientos de postulantes en una mañana, la pregunta no es por qué la gente acepta salarios bajos ni por qué insiste en conseguir un registro laboral, sino quién paga finalmente la cuenta de un mercado de trabajo donde la informalidad dejó de ser la excepción para convertirse en la regla casi general, y donde el Estado observa la escena mientras delega en las distribuidoras y en los propios trabajadores la solución a un problema que ninguna política pública parece estar dispuesto a resolver de manera integral.
