La jubilación mínima compra hoy poco más de la mitad de lo que se podía adquirir a fines de 2019
Unas 2,9 millones de personas perciben el haber más bajo del sistema contributivo: entre diciembre de 2019 y agosto de 2026, los precios acumularon una suba de 4.231,3% y el ingreso mínimo creció 2.468,6%, con lo que el poder de compra se redujo a 59,3%. El bono de refuerzo, sin actualizar desde marzo de 2024, explica buena parte de la pérdida más reciente.
El contraste entre dos números enormes dice, con una claridad incómoda, qué pasó con las jubilaciones más bajas en la Argentina de los últimos casi siete años: entre diciembre de 2019 y agosto de 2026, el Índice de Precios al Consumidor acumuló una suba de 4.231,3%, mientras que el ingreso mínimo jubilatorio creció nominalmente 2.468,6%. La diferencia entre ambos porcentajes no es un detalle estadístico sino la traducción más concreta de la pérdida de poder adquisitivo: quien cobra hoy la jubilación mínima puede comprar apenas el 59,3% de lo que adquiría hace casi siete años.
En pesos, la variación parece llamativa: el haber mínimo pasó de $19.068 a $489.776, incluyendo en ambos extremos el bono de refuerzo ($5.000 en el primer caso y $70.000 en el segundo). Sin embargo, cuando se compara esa suba con lo que efectivamente subieron los bienes y servicios, la fotografía se vuelve menos amable y más elocuente: si a fines de 2019 hacían falta $100 para acceder a una determinada canasta, hoy esos mismos productos cuestan alrededor de $4.331, mientras que el dinero disponible apenas se multiplicó hasta $2.569. Con ese monto se accede, en el mejor de los casos, al 59,3% de aquella canasta inicial.
El bono que no se mueve y la movilidad que llega tarde
Un dato clave para entender por qué la pérdida se concentra en los haberes más bajos es que el bono de $70.000 —que perciben quienes cobran la jubilación mínima— no tuvo ningún ajuste desde marzo de 2024. Desde ese mes, la inflación acumuló 129,2%, lo que en la práctica significa que el poder de compra específico de ese refuerzo se derrumbó 56%. Como consecuencia, los haberes más bajos perdieron 4,5% de poder adquisitivo en los últimos doce meses, mientras que quienes no reciben bono empataron con la inflación del período gracias a los reajustes por movilidad, que acumularon 33,5% entre agosto de 2025 y agosto de 2026.
Esa diferencia de comportamiento explica la brecha que se observa hoy entre dos mundos dentro del mismo sistema previsional: por un lado, jubilados y pensionados con haberes superiores al mínimo —alrededor de 3 millones de personas— que lograron al menos empatarle a los precios en el último año; por el otro, quienes perciben el ingreso mínimo y un bono congelado, que vieron deteriorarse su situación incluso en un período de relativa estabilidad inflacionaria.
- Haber mínimo: pasó de $19.068 a $489.776 (incluye bono), con una suba nominal de 2.468,6% frente a una inflación de 4.231,3%.
- Poder de compra del haber mínimo: cayó a 59,3% del que tenía en diciembre de 2019.
- Haber máximo: trepó de $103.064 a $2.824.694 (2.640,7% nominal), pero perdió 36,7% de poder adquisitivo.
- Bono de $70.000: sin ajuste desde marzo de 2024; su poder de compra cayó 56% por la inflación posterior.
- Personas alcanzadas: unas 2,9 millones perciben la mínima y cerca de 3 millones cobran haberes superiores dentro del sistema contributivo.
La pérdida histórica y la pregunta sobre quién paga
La fotografía más reciente se inscribe, además, en una pérdida acumulada de largo plazo que el sistema no terminó de revertir: el haber máximo llegó a acumular una caída de 55,4% en términos reales entre septiembre de 2017 y diciembre de 2023, y a agosto de 2026 esa pérdida se redujo apenas al 49%. Los haberes sin bono ganaron 14,3% frente a la inflación desde diciembre de 2023, pero ese margen no alcanza para recomponer lo perdido en años anteriores. El mecanismo actual de actualización, que aplica los índices de inflación con dos meses de rezago, hace que cuando los precios suben los haberes pierdan poder de compra y que, cuando bajan, apenas lo recuperen de manera parcial.
La pregunta de fondo que deja el ejercicio de los números es quién termina pagando, en definitiva, la diferencia entre una inflación que se desbordó y un sistema previsional que corrió detrás de ella: si son los propios jubilados, con canastas que se vacían mes a mes; si es el resto de los trabajadores activos, con aportes que financian jubilaciones cada vez más bajas en términos reales; o si es el Estado, cuando decide cubrir esa brecha con bonos que, como quedó demostrado, también se licúan cuando dejan de actualizarse. La magnitud del deterioro no admite ya eufemismos ni lecturas optimistas: con una jubilación mínima que compra poco más de la mitad de lo que compraba hace casi siete años, el debate deja de ser técnico y se vuelve, pura y exclusivamente, político.
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