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La reacción que parece leve y al rato te lleva a terapia intensiva: la trampa del maní que pocos tienen en cuenta

Una alergista de Cleveland Clinic advierte que no hay forma de anticipar la gravedad del próximo episodio y explica las señales que obligan a correr al hospital, por qué la epinefrina se aplica primero y cómo organizarse cuando hay chicos chicos en la casa.

Por Rosana LuceroSociedad y vida · 10 de septiembre de 2026 · hace 57 min

Me acuerdo de una mañana de sábado, acá en Chimbas, cuando una vecina del barrio El Trapiche, Marta, me contaba mientras tomábamos mate que a su nene de cuatro años se le había hinchado la boca de golpe después de probar una golosina que le habían regalado en un cumple. Me decía, todavía con el susto en la voz, que la primera vez le había dado sólo una ronchita chiquita en la mejilla y que por eso nunca imaginó que la segunda podía terminar en la guardia a las tres de la mañana. Esa historia, que parece exagerada, es exactamente el escenario que la doctora Jaclyn Bjelac, alergista de la Cleveland Clinic, describe cada vez que habla del tema: no existe manera confiable de predecir cuán grave va a ser la próxima reacción al maní a partir de cómo fueron las anteriores. Una persona que sólo tuvo manifestaciones leves en exposiciones previas puede presentar una respuesta muchísimo más intensa ante un nuevo contacto, y ese antecedente, por lo tanto, no funciona como garantía de nada.

Lo que más me quedó dando vueltas, mientras investigaba para esta nota, es que la anafilaxia -la emergencia que puede comprometer la vida en cuestión de minutos- a veces arranca de forma súbita y a veces empieza con molestias que parecen moderadas y se agravan después. Por eso Bjelac insiste tanto en observar cualquier cambio en el cuadro sin esperar a que los síntomas graves cedan solos, que es justamente el error más común que cometemos los padres y las madres: pensar que si el chico se quedó callado un rato es porque ya pasó.

Las señales que no admiten espera

La especialista enumeró un puñado de signos que obligan a actuar de inmediato, sin titubeos. Son los que cualquier adulto responsable tiene que tener grabados a fuego, sobre todo si en la casa hay alguien con diagnóstico de alergia al maní o si todavía no se llegó a un diagnóstico pero ya hubo alguna reacción rara después de comer.

  • Dificultad para respirar, sensación de garganta cerrada o voz tomada de golpe.
  • Hinchazón marcada en labios, lengua, párpados o cara.
  • Mareos, palidez intensa o desmayo, que pueden anticipar una caída de la presión arterial.
  • Síntomas que aparecen al mismo tiempo en dos o más zonas del cuerpo, aunque cada uno por separado no parezca extremo: por ejemplo, ronchas en la piel y a la vez vómitos, o picor en la boca y a la vez tos seca.
  • En bebés y niños muy chicos, cambios de comportamiento súbitos, decaimiento marcado, llanto extraño o rechazo del pecho o del biberón poco después de comer.

Qué hacer, en el orden correcto

Bjelac es muy clara con esto y me parece clave reproducirlo tal como lo dijo: ante cualquiera de esos signos, lo primero es administrar la epinefrina recetada por el médico tratante y, ni bien se pueda, llamar a los servicios de emergencia. La epinefrina viene en autoinyectores que se aplican en el muslo y que están pensados para que los pueda usar cualquier adulto, incluso sin experiencia médica. Lo que no hay que hacer es sustituirla por un antihistamínico ni esperar a ver si mejora con el paso de los minutos.

“Tener un plan de acción claro, con la medicación a mano y sabiendo cuándo usarla, reduce la duda en el momento en que menos tiempo hay para dudar.”Jaclyn Bjelac, alergista de Cleveland Clinic

En bebés y niños pequeños, identificar la reacción suele ser más complejo, porque los mismos síntomas pueden aparecer pero también formas de presentación algo distintas, con irritabilidad inusual, coloración diferente o dificultad para tragar que cuesta describir. Esa variación hace más importante todavía que cuidadores, abuelos, tíos, personal de la guardería y cualquier persona que forme parte de la vida del chico conozca de antemano qué observar y cómo proceder, porque cuando el reloj empieza a correr nadie tiene tiempo de improvisar.

La preparación previa es, según Bjelac, la columna vertebral de la respuesta. No alcanza con tener la medicación guardada en un cajón: hay que saber dónde está, que no esté vencida, que viajen con la familia en la mochila del nene y que también estén al tanto los abuelos, los padres separados, las maestras y hasta los padres de los compañeritos de jardín. La prevención cotidiana suma lo suyo: revisar etiquetas, preguntar en restaurantes, evitar productos artesanales sin rótulo y tener en cuenta que el maní aparece en galletitas, barritas, chocolates, helados, salsas y hasta en algunos platos que uno jamás imaginaría.

Lo que la gente espera, en el fondo, es una fórmula que les saque el miedo de encima. No la hay. Lo que sí existe, y vale muchísimo, es informarse de verdad, hablar con el alergista de cabecera, armar el plan por escrito y practicarlo en casa hasta que todos lo tengan incorporado. Como me resumió Marta cuando le conté lo que decía la especialista: con el nene ya recuperado, ahora tiene la epinefrina en la cartera, otra en la mochila del jardín y una más en la casa de la abuela, y cada adulto de la familia sabe exactamente dónde está y cómo se usa. Esa tranquilidad, me dijo, no tiene precio.

RL
Rosana LuceroSociedad y vida

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