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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Digger: la nueva cruzada de Iñárritu que incomoda a Hollywood con su propio espejo

Después de más de diez años, el director mexicano vuelve al mundo del teatro con Tom Cruise como protagonista y una pregunta que pesa: ¿se puede denunciar al dinero que te financia sin convertirse en parte del problema?

Por Emilio BravoCultura y espectáculos · · hace 6 d
Digger: la nueva cruzada de Iñárritu que incomoda a Hollywood con su propio espejo

Yo creo que el cine, cuando se pone denso y se mira a sí mismo, se vuelve un espejo incómodo, y eso es justamente lo que vuelve a hacer Alejandro González Iñárritu con Digger, la película que lo trae de vuelta al terreno que tan bien pisó con Birdman allá por 2014. Esta vez le pone el traje protagónico a Tom Cruise, le suma el peso de un magnate millonario como productor y le agrega una hija en peligro como motor emocional, y con todos esos condimentos arma una historia que habla del teatro, claro, pero sobre todo habla del dinero que lo sostiene y de las manchas que ese dinero deja en las manos del artista que lo toca.

“El arte que denuncia al poder solo puede existir gracias al dinero de ese mismo poder, y eso es lo que la película se niega a dejar de mostrar.”Lectura de Digger

Un teatro, un plató y muchas bambalinas

Antes que la cámara entre en escena, lo primero que aparece es el lugar: una sala de teatro neoyorquina, con butacas de terciopelo gastado, tramoya llena de cables y camarines donde huele a café recalentado y a transpiración de función. Ahí se mueve el personaje que Cruise encarna, un director de escena veterano que acepta el respaldo de un magnate para montar su próxima obra, con la excusa formal de salvar a su hija de una situación que ese mismo mundo de poder contribuyó a crear. Esa contradicción, que suena a trabalenguas pero se entiende rápido cuando uno la ve proyectada en pantalla, es la columna vertebral de toda la película y lo que la separa de su antecesora.

Porque si en Birdman todo era vértigo, cámara desfachatada que parecía no cortar nunca, y una celebración algo excesiva del artista que se planta frente al mundo para gritar su verdad, en Digger el registro cambia. Iñárritu mantiene buena parte del lenguaje de aquella película, hereda recursos, se apoya en los mismos mimbres, pero le saca la música festiva y la reemplaza por una incomodidad que se nota hasta en el modo en que están iluminados los pasillos del teatro. La diferencia no está en la forma, sino en la intención: si aquella podía leerse como un homenaje, esta se lee como una denuncia que se sabe parte de lo que denuncia.

Creación, comercio y la catarsis del público

Esa tensión entre creación y comercio se mete en cada escena, no solo en el conflicto principal sino también en los diálogos secundarios, en las reuniones donde se discute el presupuesto, en los gestos de los productores cuando miran a otro lado. La película muestra, sin golpes bajos pero sin piedad, cómo el financiamiento privado condiciona las decisiones artísticas, cómo el elenco ajusta su actuación según quién está mirando desde la platea y cómo el público, al aplaudir la caída simbólica de un magnate en la ficción, ejerce una catarsis que no tiene equivalencia ni traducción posible en la vida real. Es, si se me permite la imagen, un espejo que devuelve una imagen más opaca y más honesta de lo que la industria suele estar dispuesta a admitir.

Quédense con este dato, porque define buena parte de la pelea que la película va a dar en los próximos meses: Digger prescinde del famoso falso plano secuencia que caracterizaba a Birdman, pero conserva casi todos los demás recursos de aquella, desde la mirada a las bambalinas hasta el crescendo emocional de los últimos actos. Esa apuesta más radical, más densa, más difícil de digerir, la posiciona en un lugar incómodo en el circuito de premios, donde las películas con respaldo comercial masivo suelen correr con ventaja. La única carta que le queda, y acá es donde entra Tom Cruise con todo su peso, es una actuación lo suficientemente contundente como para sostener la campaña y arrastrar al votante despistado hacia la urna.

Mi postura, ya que me lo permiten en estas líneas, es que justamente ahí está la gracia de la película y al mismo tiempo su riesgo: Digger no busca quedar bien con nadie, ni con el público popular que quiere pasarla bien un sábado a la noche, ni con laAcademiaque premia todo lo que le devuelve una sonrisa complaciente. Es una película que se hace preguntas serias y que se niega a dar respuestas cómodas, y eso, en un Hollywood que suele premiar el consuelo, es casi una declaración de principios. Veremos si la valentía paga, o si queda en el cajón de las películas admiradas y olvidadas en febrero.

Por ahora, lo concreto para el lector que se anime a buscarla en la cartelera argentina: las funciones confirmadas en el circuito de cine arte de la calle Lavalle y en las salas del complejo de Avenida Corrientes están programadas en general para los horarios pico de la tarde y la noche, con tickets que rondan los valores habituales para este tipo de producciones. Conviene chequear la programación de cada complejo, porque la distribución suele ser acotada, y armarse una tarde o noche para ir a verla en pantalla grande, que es como esta clase de películas pide ser vista, sin pausas, sin el celular en la mano, dejando que la incomodidad haga su trabajo.

EB
Emilio BravoCultura y espectáculos

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